Retrato de un Verdadero Ministro del Evangelio


La primera cosa que Cristiano, el principal personaje del “Progreso del Peregrino” de Juan Bunyan, aprendió en la Casa del Interprete (que representa al Espíritu Santo) fue la necesidad de distinguir a los verdaderos ministros de Dios.  Esta es el cuadro que vio al respecto:  

Cristiano vio colgado en la pared un cuadro que representaba una persona seria, con sus ojos elevados al cielo, con el mejor de los libros en sus manos, la ley de la verdad escrita en sus labios, y su espalda vuelta al mundo.  Se hallaba de pie, con la actitud de persuadir a los hombres, y se veía en su cabeza una corona de oro.  

“¿Qué significa esto?” Preguntó Cristiano.

Interprete le respondió, “El hombre representado en esta pintura es uno entre mil. Uno que puede decir en las palabras del apóstol: ‘Aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tenéis muchos padres; porque en Cristo Jesús yo os engendré por el Evangelio’. Lo ves con los ojos mirando al cielo, con el mejor de los libros en sus manos, y con la ley de la verdad escrita en sus labios para enseñarle que su misión es entender y explicar a los pecadores las cosas profundas de Dios.  Además está en pie porque su trabajo es persuadir a los hombres a venir a Dios.  Tiene la espada vuelta al mundo y una corona en su cabeza para hacerte entender el desprecio y el poco valor que le da a las cosas presentes por amor al servicio de su Señor, y que por ellos tendrá la corona como premio en el mundo venidero.”   

“Te he enseñado este cuadro,” añadió el Intérprete, “porque el hombre en él representado, es el único autorizado por el Señor del lugar que buscas, para que sea tu guía en todos los lugares difíciles que has de encontrar.  Por lo tanto pon cuidado a lo que has visto, no sea que en el camino te encuentres con alguno que con  pretexto de dirigirte bien, te encamine a la muerte.” 

Vida de Compromiso con la Comunidad


Por R.C. Sproul Jr. 

La membresía y comunión cristiana no se refieren sólo a nuestra unión con Cristo, sino a nuestra unión unos con otros.  Estas dos cosas están siempre inseparablemente unidas.  Tú no puedes unirte a Cristo sin unirte a su pueblo, ni unirte a su pueblo sin unirte a Él.  La comunión no es sólo Jesús y yo, ni sólo mis hermanos y yo.  Es Jesús, mis hermanos y yo.

Esto es lo que se llama “la comunión de los santos,” un término que describe el carácter de esta comunión.  La iglesia está compuesta de santos, y estos no son simplemente un grupo de gente que piensa igual, sino los miembros de un cuerpo espiritual que se alimenta del cuerpo de Cristo, entregado por nuestros pecados. 

Puesto que nuestros hermanos en la fe son miembros del cuerpo de Cristo, debemos verles como Cristo les ve, es decir, como gente que está en comunión con Él.  Cuando el Padre nos ve a nosotros, Él ve a Cristo, por causa de nuestra unión con Él.   Cuando nosotros vemos a nuestros hermanos debemos verles así.  Eso no siempre es fácil.  Por eso muchos dicen, “amar a Cristo es fácil, lo difícil es amar a los cristianos.”   Lo que vemos en la iglesia no siempre es maravilloso y fácil de amar.  Nos irritamos unos a otros, y peor aún, pecamos unos contra otros.  ¿Cómo puede ser dulce la comunión cuando hay que luchar contra la contención y la amargura dentro de la iglesia?  La respuesta está en el Evangelio.   

Cuando creemos el Evangelio, creemos que Dios ha juzgado los  pecados que nuestros hermanos cometen contra nosotros.  También creemos y sabemos que nosotros somos absolutamente indignos, que somos pecadores y nos ofendemos unos a otros.   De modo que cuando no nos tratan con la dignidad y el respeto que merecemos, ya no nos ofendemos porque sabemos que en realidad no merecemos ninguna dignidad ni respeto.  Sabemos lo que somos y sabemos que Jesús recibió el castigo que nos correspondía a nosotros. Así aprendemos a perdonarnos unos a otros de la misma manera que esperamos que Él nos perdone. 

Un Fundamento Podrido

¡A la Ley y al Testimonio!
(traducido de John Owen: “The Duty of Pastors and People Distinguished)

El pueblo de Dios no solo debe escudriñar la Escritura sino examinar y probar con ella la doctrina que se le enseña desde los pulpitos.   Los cristianos no deben ser como “niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error (Efesios 4.14).”  No todo lo que se enseña desde los pulpitos es el verdadero Evangelio... 

¿Qué hay que hacer entonces? ¿Ceder a cada halito y soplido de falsa doctrina?  ¿O más bien probar las doctrinas por la Palabra de Dios y desecharlas como la sal que ha perdido su sabor si no se ajustan a ella ?  ¿No debe el pueblo guardarse de “los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces (Mat. 7.15)?”  ¿Y cómo se hace esto? ¿Qué forma hay de probar estas doctrinas por su regla verdadera? 

En esto días malos que vivimos escucho diariamente a los cristianos quejarse de que hay tantas diferencias y contradicciones entre los predicadores que no se sabe que hacer ni que creer.  Mi respuesta es: cumple tu responsabilidad y vas a acabar con ese problema.  ¿Acaso hay contradicciones en el libro de Dios?   No apoyes tu fe en las opiniones de los hombres; la Biblia es la piedra angular. 

Que haya tantas diferencias entre los maestros es culpa de ellos que deberían pensar la misma cosa.  Pero que esto sea tan conflictivo para tí es tu culpa por descuidar tu responsabilidad de probar todas las cosas por la Palabra de Dios.  

¡Qué triste tu condición si dependes de la autoridad de los hombres para las cosas celestiales!   El que edifica su fe sobre los predicadores, aun sobre los que predican la verdad, y pretende creerla, ciertamente no tiene fe sino una opinión inconstante, edificada sobre un fundamento podrido.  Así que cualquier cosa que se te enseñe debes ir con ella "¡a la ley y al testimonio!  Y si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido (Isaías 8:20)."