Calvino Respecto a la Predestinación: No Seamos Excesivamente Curiosos ni Timidos


Este artículo es un extracto del libro "Doctrinas Claves" de Edwin Palmer.  Si quiere una exposición clara, bíblica y fácil de leer sobre las cinco doctrinas de la gracia (calvinismo) este pequeño libro se la dará.  Si lo lee con atención no se arrepentirá.  (Para leer el texto completo del libro oprima aquí). 

Calvino escribió que, al tratar de la predestinación, debería evitarse dos actitudes: curiosidad excesiva por lo que Dios ha revelado y timidez exagerada en enseñar lo que ha revelado.

En el primer caso, “La curiosidad humana hace que la discusión de la predestinación, ya de por si algo difícil, resulte muy confusa e incluso peligrosa. No hay prohibiciones que le impidan a los curiosos vagar por veredas prohibidas ni remontarse hacia las alturas.  Si se les permitiera, no dejaría ningún secreto de Dios sin averiguar o descifrar.  Como por todas partes hay tantos que utilizan esta audacia y atrevimiento, algunos de ellos hombres que por lo demás no son malos, se les debería recordar a su tiempo cuál es su deber a ese respecto.

“Primero, deben recordar que al estudiar la predestinación están penetrando en los recintos sagrados de la sabiduría divina.  Si alguien irrumpe con atrevimiento despreocupado en este lugar, no llegará a satisfacer su curiosidad y entrará en un laberinto del que no hallará salida.  El hombre no tiene derecho a averiguar sin restricción cosas que el Señor ha decidido que quedaran escondidos en Él; tampoco tiene derecho a investigar esta sublime sabiduría eterna que Dios quiere que reverenciemos aunque no la entendamos a fin de que, por medio de ello, nos llenemos de asombro.  Dios nos ha declarado en su palabra los secretos de su voluntad que quiere que sepamos; y esos son los secretos que nos conciernen y nos benefician.”

Para calvino, la palabra de Dios es la única norma en el estudio de la predestinación. “Si prevalece el principio de que la palabra de Dios es el único camino que nos puede guiar en la búsqueda de lo que debemos saber respecto a Él, y la única luz para iluminar nuestra visión de lo que deberíamos ver de Él, nos seremos preservados y frenados de toda temeridad. Porque sabremos que en cuanto excedemos los límites de la palabra, nuestro curso anda desviado en caminos oscuros donde erraremos, resbalaremos y tropezaremos repetidas veces. Tengamos, pues muy presente por encima de todo que buscar el  conocimiento de la predestinación más allá de lo que la palabra de Dios manifiesta no es menos insano que querer caminar por un desierto sin sendas o querer ver en la oscuridad.  Y no nos avergoncemos de ser algo ignorantes en este terreno, ya que existe una cierta ignorancia sabia. Antes bien, abstengámonos voluntariamente de indagar en una clase de conocimiento, cuyo deseo ardiente es tanto necio como peligroso más aun, incluso mortal. Pero si nos agita una curiosidad atrevida, haremos bien en contraponerle este pensamiento moderador: así como no es bueno comer demasiada miel, tampoco en el caso del curioso la investigación de la gloria no se transforma en gloria. Porque hay buena razón para que nos disuadamos de esta insolencia que nos puede conducir a la perdición.” 
* Calvino, III, xxi, 2.

La segunda actitud que deberíamos evitar, dice calvino, es la de la timidez extrema respecto a la predestinación.  Hay algunos que “casi exigen que se oculte toda mención de la predestinación; de hecho, nos enseñan que hay que evitar cualquier pregunta respecto a ello del mismo modo que evitaríamos un arrecife.” Esta actitud es equivocada. “Porque la escritura es la escuela del Espíritu santo, en la que al igual que no se omite nada que sea necesario y útil conocer, tampoco se enseña nada que no sea conveniente saber. Por consiguiente debemos cuidarnos de no privar a los creyentes de cualquier cosa revelada en la Escritura acerca de la predestinación, para no aparecer, o bien que los privemos maliciosamente de la bendición de Dios, o bien que acusamos al Espíritu Santo y nos mofamos de Él por haber publicado lo que nos es provechoso suprimir, afirmo que debemos permitir que el cristiano abra los ojos y oídos a toda manifestación que Dios dirija, siempre que lo haga con tal moderación que cuando el Señor cierra sus santos labios, también el cierre de inmediato el camino de las averiguaciones.”

Calvino concluye sus observaciones diciendo que desea que los que quieran ocultar la predestinación “admitan que no deberíamos investigar lo que Dios ha dejado en el secreto, que no deberíamos descuidar lo que ha puesto al descubierto, de modo que no se pueda acusar de excesiva curiosidad por un lado ni de la excesiva ingratitud por el otro…Así pues, todo el que acumula odio sobre la doctrina de la predestinación censura a Dios, como si Dios hubiera imprudentemente dejado que se filtrara en su palabra algo dañino para la iglesia.”

De este modo Calvino enseño el principio de la Scriptura tota  y Scriptura sola-- toda la Escritura y sólo la Escritura.  El hombre debe enseña todo lo que Dios ha revelado, incluyendo la predestinación. Pero no debe ir más allá de la Escritura, especulando en lo que Dios no ha revelado. No se puede adoptar una actitud más hermosa que ésta que calvino expresó.

El Agujero de la Ceguera Espiritual


“El País de los Ciegos” de H. G. Wells es la historia de un hombre que llegó por accidente a un valle donde por quince generaciones la gente había sido ciega.  El hombre, no pudiendo irse, trató de enseñar a la gente lo que era ver, pero lo declararon loco.     

Con el tiempo el hombre se enamoró de una joven del lugar.  Al saberlo, el padre lo llevó a un doctor quien para curar su obsesión con la vista recetó removerle los ojos.  “Así será sano y un buen ciudadano” dijo el doctor. “Gracias a Dios por la ciencia,” dijo el papá.

El hombre, por su amor a la mujer aceptó, pero el día de la operación, al contemplar el esplendor del sol y la mañana comprendió que la ciudad, su romance y todo lo demás “era un agujero del mal” y se escapó.

     La Biblia dice que espiritualmente tú vives en un mundo donde la gente “habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se envanecieron...y su necio corazón fue entenebrecido” (Rom. 1:21).  ¿Ves el engaño y la gravedad del pecado? 

     Si no lo ves, tu corazón está en tinieblas y tienes que abandonar ese valle oscuro creyendo en el eterno Hijo de Dios que te dice: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12).   

    No rechaces esa luz porque la condenación es que “la luz vino al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz” Juan 3:19.  

Joven, Tu Luces Muy Miserable: La Conversión de Spurgeon


A los quince años de edad, en Diciembre de 1849, Charles Haddon Spurgeon, comenzó a visitar las iglesias de su pueblo buscando donde le enseñaran el camino de salvación. No se sabe cuántas visitó, pero en ninguna escuchó lo que deseaba oír. Los ministros predicaban sermones doctrinales para gente espiritual, pero nadie pudo explicarle cómo obtener el perdón de sus pecados. 

Un día la mano de Dios lo guió por donde él no había pensado ir. Se dirigía hacia una iglesia lejana, pero en el camino una fuerte tormenta de nieve lo detuvo. Cruzó en una obscura calle y al fondo vio un pequeño santuario que resultó ser la Iglesia Primitiva Metodista de la Calle Artillery. Esta iglesia, desconocida, excepto por algunos en el pueblo de Colchester, llegó luego a ser mundialmente famosa por la visita de este jovencito.

Al principio Spurgeon no quería entrar porque había oído que los Metodistas Primitivos cantaban tan fuerte que hacía doler la cabeza. Pero esto no le importó pensando que allí quizás le enseñarían cómo ser salvo. El resto de la historia lo cuenta Spurgeon mismo:

El ministro no estaba esa mañana; creo que la nieve lo había detenido. En su lugar, un hombre delgado—zapatero, sastre, o algo así—subió al púlpito para predicar. Es bueno que los predicadores sean educados; sin embargo este hombre era más bien ignorante.

Se mantuvo apegado al texto que leyó por la simple razón de que no tenía nada más que decir. El texto era ‘Mirad a mí y sed salvos todos los términos de la tierra.’ Su pronunciación era pésima, pero a mí no me importó. Vi un rayo de esperanza en ese texto, y el predicador empezó así: “Queridos amigos, éste es un texto muy simple. Dice, ‘Mirad.’ Ahora, mirar no es algo que cueste mucho. No es levantar el pie o el dedo; es sólo mirar. Un hombre no necesita ir a la universidad para aprender a mirar. Tú puedes ser muy imbécil, y aun así puedes mirar. No necesitas ganar mil pesos al año para mirar. Cualquiera puede mirar. Aun un niño puede mirar. Pero el texto también dice, ‘Mirad a Mí.’ “¡Ay!” dijo él, en su tono campestre, “muchos de ustedes se miran a sí mismos, pero eso no les servirá de nada. Nunca hallarán consuelo allí. Algunos miran a Dios el Padre, ¡Pero no! tienen que mirar a Cristo. Él dijo, ‘Mirad a Mí.’ Algunos dicen, ‘Vamos a  esperar que el Espíritu nos toque.’ Pero eso no es lo que ustedes tienen que hacer. Miren a Cristo. Esto es lo que el texto dice: ‘¡Mirad a Mí!

Después el buen hombre siguió de esta manera, “Miren a Mí; miren como sudé grandes gotas de sangre. Miren como colgué sobre la cruz. Miren como subí al cielo. Mírenme ahora sentado a la mano derecha del Padre. ¡Oh pobre pecador, Mírame a Mí! ¡Mírame a Mí!’”

Al llegar a este punto, habiendo hablado como por diez minutos, el hombre iba a concluir. De repente, me miró, y con tan poca gente en el lugar, supo que yo era un  extraño. Fijando sus ojos en mí, como si supiese lo que había en mi corazón me dijo, “Joven, tú luces muy miserable.”

Verdaderamente, así era. Yo no estaba acostumbrado a oír hablar así desde el púlpito; sin embargo, fue un buen golpe, y dio justo en el blanco. Él continuó, “…y seguirás siendo miserable—miserable mientras vivas y miserable cuando mueras—si no obedeces a mi texto. Pero si lo obedeces, serás salvo ahora mismo.” Entonces, levantó sus manos y gritó, como sólo un metodista primitivo lo pudo haber hecho, “Joven, mira a Jesucristo. ¡Mira! ¡Mira! ¡Mira! No tienes que hacer nada sino mirarlo y vivir.”

En ese momento yo vi el camino de salvación y ya no supe que más habló porque fui poseído por un solo pensamiento. Como cuando la serpiente de bronce fue levantada en el desierto y la gente miraba y era sanada, así fue conmigo. Yo pensaba que debía hacer cincuenta cosas para ser salvo, pero cuando escuché esa palabra: ‘¡Mira!’ ¡Cuán dulce fue! ¡Oh! Entonces miré hasta que mis ojos casi se desgastaron. En ese momento se desvaneció la oscuridad, y vi el sol. Pude haberme levantado y cantar a gritos acerca de la preciosa sangre de Cristo y de la fe simple que lo mira sólo a Él.

Jamás olvidaré ese feliz día en que encontré al Salvador y me aferré a sus amados pies. Siendo un niño de quien nadie sabía nada, escuché la Palabra de Dios, y ese precioso texto me guió hacia la cruz de Cristo. El gozo de ese día fue absolutamente indescriptible. Quería saltar y danzar; pero no hubo ninguna expresión fanática, lo cual pudo haber estado fuera de tono con ese gozo espiritual.

Han pasado años desde entonces, pero nunca he sentido la emoción plena ni la delicia de ese primer día en que pude haber gritado como el más fanático de esos hermanos metodistas: ‘¡He sido perdonado! ¡He sido perdonado!’ Soy un monumento de su gracia, un pecador salvado por la sangre.’ Mi alma se sentía liberada, aceptada en Cristo, rescatada del pantano de un horrible abismo, y establecida sobre la roca. Entonces entendí lo que Juan Bunyan quiso decir cuando declaró que quería contarle hasta a los espantapájaros en los campos acerca de su conversión.”

Ese gran evento sucedió la mañana del 6 de enero de 1850.