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¿Por Qué Amamos la Casa de Dios?

Por Víctor B. García
El Salmo 84 ha sido crucial en la vida de los santos a través de la historia para comprender el amor a la iglesia local. Nos muestra que los verdaderos creyentes son fervientemente devotos a la comunión unos con otros en la iglesia local como resultado de su entendimiento vigoroso de Dios y de Sus caminos.

El salmista es explicito acerca de su amor y su deseo: "¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos! Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo" (vv. 1-2). Aquí no hay vacilación, duda o desgano. El amor a la casa de Dios es algo solido y bien establecido en el corazón de un verdadero hijo de Dios.  

En la casa de Dios los creyentes encontramos una protección y un refugio que no se encuentra en ningún otro lugar en el mundo. Las vividas y poéticas referencias en este salmo al gorrión que halla casa y a la golondrina que pone nido para sus polluelos cerca de los altares del Señor (v.3) habla de esto. El propósito obvio de esta pintoresca referencia es que pensemos, "si aun estas pequeñas aves encuentran refugio y seguridad en los altares de Dios, ¿Cuánto más han de encontrarla sus santos?"  Por eso, en el salmo 27 David le pide a Dios y hace la promesa de buscar  "que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida," ¿y por qué?  "Porque Él me esconderá en su tabernáculo en el día del mal; me ocultará en lo reservado de su morada" (Sal. 27.4-5). 
El verdadero creyente encuentra refugio en la casa de Dios, no porque allí todo sea idílico y perfecto, o porque la gente de la iglesia sea infaliblemente amorosa y esté siempre dispuesta a ayudarnos, sino porque allí Dios ha prometido su presencia y allí encontramos lo que nuestra alma necesita y lo que es más importante para nuestro bienestar eterno y espiritual. Allí encontramos la verdad de Dios que nos guía, la gracia de Cristo que nos perdona y el consuelo del Espíritu que nos alienta. 

Además, en la casa de Dios encontramos fortaleza en medio de las pruebas y las lagrimas. El salmista dice: "Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, En cuyo corazón están tus caminos.  Atravesando el valle de lágrimas lo cambian en fuente, cuando la lluvia llena los estanques. Irán de poder en poder; verán a Dios en Sion" (vv. 5-7).  Originalmente, cuando el salmista dijo esto, se estaba refiriendo a los peregrinos que se encaminaban hacia Sion, al templo en Jerusalén durante las fiestas anuales, anhelando llegar y fortaleciéndose con la esperanza de encontrarse allí con Dios.  Muchos de ellos tenían que atravesar caminos largos e inhóspitos, y para ellos llegar a Sion requería un gran esfuerzo e implicaba grandes peligros que eran aliviados por la fortaleza que encontraban en Dios: " Irán de poder en poder; Verán a Dios en Sion" (v.7).  Eso es la iglesia para los verdaderos creyentes en medio de los caminos de la vida que están llenos de tentaciones, dificultades, peligros espirituales y dolor. Allí encontramos fortaleza pues en ella experimentamos un anticipo de la gloria que un día gozaremos en la Sion eterna y celestial hacia donde nos dirigimos.

Pero este salmo nos enseña también la importancia de la oración, no solo por nosotros y por los santos, sino por los líderes de la iglesia. El salmista intercede aquí por el rey: "Mira, oh Dios, escudo nuestro, y pon los ojos en el rostro de tu ungido" (v.9).  Nosotros sabemos que Dios ha instituido la iglesia y dentro de ella ha instituido pastores que necesitan las oraciones y el apoyo espiritual del pueblo como lo hicieron Aarón y Hur en la cumbre del collado mientras Josué combatía a Amalec en Refidín (Ex. 17.8-13). Los apóstoles pedían constantemente oración por ellos y por los pastores que predicaban la palabra a fin de que fuesen fieles, que hablasen con denuedo, que fuesen guardados de los enemigos de la verdad y que así la palabra corriese y fuese glorificada (Ef. 6.19-20; 1 Tes. 5.25; 2 Tes. 3.1; Heb. 13.18).  Eso es algo que todo creyente no debe dejar de hacer para que en la casa de Dios siempre haya hombres fieles que prediquen la palabra de Dios con denuedo y alimenten así el alma del pueblo de Dios y presenten el evangelio a los pecadores.

Finalmente, con belleza y precisión poética, este salmo establece que una de las marcas indispensables de un verdadero creyente es su profundo compromiso espiritual con la casa de Dios. El salmista dice: "mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos." Todo hijo de Dios cuya vida espiritual es sana, madura y robusta está completamente de acuerdo con esto.  Todos los santos del pasado lo creyeron y lo vivieron; y los creyentes en todo lugar, ayer y hoy siempre, dicen con este salmo: "escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad" (v.10). Amar a Dios es inseparable de amar la casa de Dios. Allí encontramos refugio, fortaleza y alimento para nuestra alma. Allí contemplamos la hermosura del Señor y aprendemos lo que necesitamos para honrarlo aquí y para nuestro trayecto hacia la eternidad.

El salmista concluye expresando lo que Dios es para sus hijos y lo que Él da a los le conocen y le buscan con integridad. "sol y escudo es Jehová Dios; gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que andan en integridad. Jehová de los ejércitos, dichoso el hombre que en ti confía (vv. 84:11-12). Dios da luz, protección, gloria, beneficios y alegría a los que andan íntegramente con su confianza puesta en Él.  Estas son grandes y preciosas bendiciones, pero las obtienen los que aman y usan bien este maravilloso medio de gracia que Dios nos dio: la iglesia local, y en ella, la comunión con los santos (Salmo 133).  

La Ordenación de Ministros Homosexuales: Una Iglesia Que se Aparta de la Autoridad de la Escritura Está Condenada a la Muerte


La Respuesta de un Hombre de Dios 


El 15 de agosto de 2006, en el mundialmente famoso programa  "Larry King Live" se discutió el tema de  la ordenación al ministerio de homosexuales y lesbianas dentro de la iglesia episcopal.  En este video, que es un fragmento de ese programa, se escucha hablar a Michael Manning, un sacerdote católico interrumpido por Jo Hudson, pastora lesbiana de la Iglesia Catedral de Esperanza en Dallas, Texas, celebrando su lesbianismo como algo natural y su relación con Dios como maravillosa y vivificante.

King de inmediato le pregunta al reverendo Albert Mohler, presidente del Seminario Teológico Bautista del Sur en Kentucky, si él simpatiza con esta celebración.  

Anteriormente había hablado el obispo Frank Griswold (en aquel tiempo cabeza de la iglesia Episcopal de los Estados Unidos) quien recientemente había ordenado a Gene Robinson, el primer ministro abiertamente homosexual dentro de esta denominación.  

El argumento de Griswold para aprobar la ordenación de Robinson era que la iglesia Episcopal respeta la diversidad y que el mundo necesita el testimonio de una iglesia diversa y unida para poder concentrarse en problemas y necesidad de esta sociedad quebrantada como la pobreza la enfermedad  y otras  causas sociales.

La categórica y acertada respuesta de Al Mohler fue que el evangelio se trata de arrepentirse del pecado, no de celebrarlo y que una iglesia que sigue la lógica del obispo Griswold se ve obligada a ordenar ministros homosexuales porque se ha apartado de la autoridad de las Escrituras y al hacerlo está condenada a la muerte por su desobediencia.  

Aquí la traducción del dialogo que se puede ver en el video:

MANNING (sacerdote católico): …si se puede. Tú puedes ser amigable, amoroso y atento.

HUDSON (pastora lesbiana): ¿Cómo está definiendo él lo natural, una relación natural? Mi relación es total y completamente natural para mí. Es exactamente lo que creo que Dios me ha creado para ser. Y yo tengo una maravillosa, vivificante y dinámica relación con Dios. Y se, en lo más profundo de mi ser, que la manera más natural de ser para mí es ser exactamente como soy...

KING: Reverendo Mohler, ¿no simpatiza usted con eso?

MOHLER: Yo simpatizo con cada ser corazón humano que desea conocer al único y verdadero Dios viviente , pero creo que solo hay una manera en que eso puede suceder a través de Jesucristo, y el evangelio se trata de arrepentirse del pecado, no de celebrarlo.

Una iglesia que compra la lógica del obispo Griswold  es una iglesia que está obligada a ordenar homosexuales declarados sin que se hayan arrepentido, y a cualquier otro, porque se ha apartado de la clara autoridad de la Escritura.

Y una iglesia que adora la diversidad es una iglesia que está destinada a aceptar su sentencia de muerte, porque la iglesia está fundamentada sobre la verdad y la verdadera iglesia siempre celebra la verdad y doy gracias porque hay muchas iglesia conservadoras, ortodoxas episcopales que celebran esa verdad y quieren obedecer esa verdad porque al final el punto crucial no es la interpretación de la Escritura sino si vamos a obedecerla o no.

¡Qué bien dicho! 

El Problema de los Miembros Inconversos en las Iglesias


Por Víctor B García

Según los reportes y las evidencias a nuestro alrededor, pareciera que el número de cristianos se ha multiplicado en nuestros días. Muchas iglesias crecen a ritmo acelerado, las emisoras de radio y televisión cristianas prosperan, la música y los artistas cristianos se ven y se oyen por todas partes.   

Pero hay una contradicción en esto. A pesar de que la cultura cristiana es cada vez más visible, las doctrinas bíblicas de la regeneración, el arrepentimiento, la justicia por la fe y la conversión son casi ignoradas en los púlpitos  o son aplicadas defectuosamente a la conciencia de los pecadores. Pocos son los púlpitos donde se explican de manera clara, fiel y penetrante estas verdades. En lugar de eso, los predicadores invitan a la gente a "aceptar a Cristo" y para que la gente "acepte" usan cuanto método, oferta y adaptación mundana haga posible esto. De esta manera, las doctrinas que convierten y conducen a los pecadores a la salvación son cambiadas por estrategias que los emocionan y los conducen a un convencimiento estéril y falso.           

Es así como las iglesias llenan sus bancas de inconversos que todos piensan que están convertidos. Por eso no es extraño que las iglesias estén llenas de mundanalidad y problemas, y que los pastores estén cargados por el estrés y la confusión. Esto también explica el mercantilismo, la manipulación, las falsas doctrinas y los falsos maestros.   

Verdaderamente, hay una gran diferencia entre aceptar a Cristo y ser convertido por el poder del Evangelio de Cristo. Y esta diferencia incide enormemente en la vida de los creyentes y de las iglesias.  

Aceptar a Cristo es una frase que pretende expresar la idea bíblica de que el pecador debe creer en Jesús para ser salvo.  En ese sentido podría ser aceptable.  El problema está en lo que la frase ha llegado a significar, en la forma en que se usa, y sobre todo en lo que no explica, ni puede explicar con respecto al verdadero arrepentimiento, fe, conversión y regeneración.       

Mientras una persona ignore lo que significa la verdad y sea ajena a la experiencia de ser regenerada, aunque haya "aceptado a Cristo" cien veces, no es convertida.  Mientras los ministros no prediquen las doctrinas del Evangelio con claridad y fidelidad, y no las apliquen de manera práctica a la vida de sus iglesias, las multitudes pueden abarrotar los servicios y profesar ser cristianas pero van a seguir inconversas. 

Esta deficiencia en la proclamación, el conocimiento y la experiencia de la conversión bíblica ha creado una gran crisis en la iglesia.  Y esta crisis se agrava cuando se le añaden verdades a medias como la diseminada en la frase “aceptar a Cristo” que representa una idea incompleta y distorsionada del mensaje del Evangelio.

J.I Packer, refiriéndose a la confusión de los evangélicos respecto a la vida cristiana causada, por esta situación dice,

No hay duda de que los evangélicos están hoy día en un estado de perplejidad y desorientación.  En asuntos como la práctica del evangelismo, la enseñanza de la santidad, la edificación de la vida de las iglesias locales, la tarea de los pastores con las almas y el ejercicio de la disciplina, hay una notable insatisfacción por la forma que se hacen las cosas y una creciente incertidumbre sobre cómo hacerlas en el futuro. 

Packer continúa diciendo:

Este es un fenómeno complejo al cual han contribuido muchos factores.  Pero al ir a la raíz del asunto encontramos que al final estas perplejidades se deben a que hemos perdido la conexión con el evangelio bíblico…sin darnos cuenta, durante el pasado siglo, hemos cambiando el evangelio por un producto substituto que aunque luce similar en algunos de sus detalles, es decididamente algo diferente cuando lo vemos como un todo (Introducción a "La Muerte de la Muerte en la Muerte de Cristo" por John Owen).

          El punto esencial de esta vasta crisis es que un gran número de gente que se considera cristiana, que es recibida en las iglesias como cristiana, y que hasta llega a ocupar posiciones de ministerio, nunca se han convertido aunque hayan “aceptado a Cristo.” Esto nos habla de la gran necesidad de la conversión de los pecadores, y sobre todo nos advierte que acaso nuestra primer campo misionero, aparte de nuestras casas, sea la misma iglesia donde tantos parecen necesitar conversión. Esto es, en realidad, un motivo de llanto, ruego y humillación.  

          Spurgeon, hablando de las lágrimas de Pablo por los falsos profesantes del evangelio a los que llama "enemigos de la cruz de Cristo" en Filipenses 3.18-19, dice:

Nunca leo que el apóstol haya llorado cuando era perseguido.  Creo que no hubo lágrimas en sus ojos cuando los soldados azotaban su espalda con crueles latigazos. Al leer de sus prisiones, leemos que cantaba, pero nunca que lloraba…Sin embargo Pablo lloró por los falsos cristianos. Yo le llamo a esto, una angustia extraordinaria porque este hombre no era sentimentalista. Este hombre que raramente, si es que alguna vez lloró por sus más terribles pruebas lloraba por la culpabilidad, por las consecuencias y por la condenación de los falsos creyentes…( http://www.spurgeon.org/sermons/0102.htm). 

Un fundamento Podrido


(Traducido de John Owen: “The Duty of Pastors and People Distinguished") 

El pueblo de Dios no solo debe escudriñar la Escritura sino examinar y probar con ella la doctrina que se le enseña desde los pulpitos.   Los cristianos no deben ser “niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error (Efesios 4.14).  Debemos estar conscientes que no todo lo que se enseña desde los pulpitos es fiel al Evangelio.  

¿Qué hay que hacer entonces? ¿Ceder a cada halito y soplido de las falsas doctrinas?  ¿O probar las doctrinas por la Palabra de Dios y si no se ajustan a ella desecharlas como la sal que ha perdido su sabor?  ¿No debe el pueblo guardarse de los falsos profetas, que vienen vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces (Mat. 7.15)?”  ¿Y cómo se hace esto? ¿Qué forma hay de probar estas doctrinas por su regla verdadera? 

En esto días malos que vivimos escucho diariamente a los cristianos quejarse de que hay tantas diferencias y contrariedades entre los predicadores que no saben qué hacer ni qué creer.  Mi respuesta es: cumple tu responsabilidad y vas a acabar con ese problema  ¿Hay alguna contrariedad en el libro de Dios? Por supuesto que no. Entonces, apoya tu fe en ella, no en las opiniones de los hombres; la Biblia es la piedra angular. 

Que haya tantas diferencias entre los maestros es culpa de ellos que deberían pensar la misma cosa.  Pero que esto sea tan conflictivo para ti es tu propia culpa por descuidar la responsabilidad de probar todas las cosas por la Palabra de Dios 

¡Qué triste será tu condición si dependes de la autoridad de los hombres para las cosas celestiales!   El que edifica su fe sobre los predicadores, aun sobre los que predican la verdad, y pretende creerla, ciertamente no tiene fe sino una opinión inconstante edificada sobre un fundamento podrido.  Así que cualquier cosa que se te enseñe debes ir “¡a la ley y al testimonio!  Y si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido (Isaías 8:20).” 

El Método de Svidrigaylov: Palabras Fingidas y Adulación en la Predicación


Por Víctor García   

Svidrigaylov, uno de los personajes de la novela “Crimen y Castigo” de Feodor Dostoievsky, era un hombre inescrupuloso y manipulador con toda la apariencia de ser un noble caballero.  En un raro momento de honestidad se puso a explicar con cinismo y precisión lo que pensaba acerca la verdad y de cómo tratar con la gente:

En este mundo no hay nada más difícil que hablar con la verdad, y nada más fácil que ser un adulador. Cuando se habla la verdad basta una mínima nota falsa para que haya problema. Pero cuando se usa la adulación, aunque todas las notas sean falsas, el efecto es agradable y a la gente le gusta oír. Por ridícula que sea la adulación, siempre aunque sea en parte, suena a verdad. Esto funciona con gente de todo nivel social o cultural. Con adulación se seduce a una virgen inocente, no digamos a la gente común (Parte 6, cap. 4).

Svidrigaylov obtenía placeres y ganancias con su filosofía, engañando a muchos. A través de este personaje, Dostoievsky nos muestra cómo el egocentrismo hace a la gente vulnerable a la manipulación de los inescrupulosos.

Tal filosofía es vil, pero es real; es la base de la vida mundana. Es así como los disolutos, los mercaderes, los políticos y los líderes deshonestos logran sus metas. Sin embargo, éste no es un método moderno; es tan antiguo como la tendencia de los hombres a escoger la adulación antes que la verdad. Y si tal cosa nos suena familiar es porque la serpiente usó este método para seducir a Adán y a Eva y separarlos de Dios.

Con el poder de la adulación y la dificultad para hablar la verdad, no es extraño que el Evangelio de Cristo se contamine cuando cae en manos de predicadores inescrupulosos. Pablo habló de esto: “Pues no somos como muchos, que prosperan falsificando la palabra de Dios” (2 Cor. 2.17).  Los predicadores fieles como Pablo no usan el “método de Svidrigaylov;” sin embargo, éste abunda en el mundo religioso pues muchos lo usan. Por eso sabemos que la adulación y el engaño no se limitan a las plataformas políticas, a los negocios o a los antros de vicio, sino que también invaden los púlpitos. Dios lo dice en su Palabra.

Los hombres, en su amor por la adulación están dispuestos a cambiar la verdad por la mentira. De allí surge esa “sabiduría” a la que Dios llama necedad (Rom. 1.22-23, 25), la cual hace que la gente admire y siga a maestros falsos, de los cuales está plagado el cristianismo contemporáneo.  La Biblia describe esta condición: “vendrá tiempo cuando (las multitudes religiosas) no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Tim. 4.3-4).

Esa es la condición de las masas que llenan muchas iglesias en nuestros días,—gente que se complace en oír hablar de Dios, cantar de Dios, emocionarse con Dios y ser bendecida por Dios, pero que no quiere oír la verdad bíblica porque no la soporta. Y cuando existe esa condición, el resultado es la abundancia de maestros falsos que dicen lo que la gente quiere oír, omitiendo la verdad, porque después de todo, la gente no busca eso. Es aquí donde vemos la manifestación de la filosofía y el método de Svidrigalov entre los cristianos.

Así que, la gente que busca adulación, entretenimiento y sermones suaves, atrae a maestros deshonestos y astutos. Y esta atracción aunque destructiva, es lamentablemente muy popular.  Por eso es importante cómo oímos y a quién oímos. Es vital que examinemos la condición e inclinaciones de nuestro corazón al oír la Palabra, y que maduremos en el temor de Dios y el conocimiento de la Biblia para juzgar con discernimiento espiritual a los que nos predican, no sea que estemos oyendo con placer a un Svidrigaylov.

Pedro dice: “Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negaran al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado. Y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas” (2 Pedro 2.1-3).

Retrato de un Verdadero Ministro del Evangelio


La primera cosa que Cristiano, el principal personaje del “Progreso del Peregrino” de Juan Bunyan, aprendió en la Casa del Interprete (que representa al Espíritu Santo) fue la necesidad de distinguir a los verdaderos ministros de Dios.  Esta es el cuadro que vio al respecto:  

Cristiano vio colgado en la pared un cuadro que representaba una persona seria, con sus ojos elevados al cielo, con el mejor de los libros en sus manos, la ley de la verdad escrita en sus labios, y su espalda vuelta al mundo.  Se hallaba de pie, con la actitud de persuadir a los hombres, y se veía en su cabeza una corona de oro.  

“¿Qué significa esto?” Preguntó Cristiano.

Interprete le respondió, “El hombre representado en esta pintura es uno entre mil. Uno que puede decir en las palabras del apóstol: ‘Aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tenéis muchos padres; porque en Cristo Jesús yo os engendré por el Evangelio’. Lo ves con los ojos mirando al cielo, con el mejor de los libros en sus manos, y con la ley de la verdad escrita en sus labios para enseñarle que su misión es entender y explicar a los pecadores las cosas profundas de Dios.  Además está en pie porque su trabajo es persuadir a los hombres a venir a Dios.  Tiene la espada vuelta al mundo y una corona en su cabeza para hacerte entender el desprecio y el poco valor que le da a las cosas presentes por amor al servicio de su Señor, y que por ellos tendrá la corona como premio en el mundo venidero.”   

“Te he enseñado este cuadro,” añadió el Intérprete, “porque el hombre en él representado, es el único autorizado por el Señor del lugar que buscas, para que sea tu guía en todos los lugares difíciles que has de encontrar.  Por lo tanto pon cuidado a lo que has visto, no sea que en el camino te encuentres con alguno que con  pretexto de dirigirte bien, te encamine a la muerte.” 

Vida de Compromiso con la Comunidad


Por R.C. Sproul Jr. 

La membresía y comunión cristiana no se refieren sólo a nuestra unión con Cristo, sino a nuestra unión unos con otros.  Estas dos cosas están siempre inseparablemente unidas.  Tú no puedes unirte a Cristo sin unirte a su pueblo, ni unirte a su pueblo sin unirte a Él.  La comunión no es sólo Jesús y yo, ni sólo mis hermanos y yo.  Es Jesús, mis hermanos y yo.

Esto es lo que se llama “la comunión de los santos,” un término que describe el carácter de esta comunión.  La iglesia está compuesta de santos, y estos no son simplemente un grupo de gente que piensa igual, sino los miembros de un cuerpo espiritual que se alimenta del cuerpo de Cristo, entregado por nuestros pecados. 

Puesto que nuestros hermanos en la fe son miembros del cuerpo de Cristo, debemos verles como Cristo les ve, es decir, como gente que está en comunión con Él.  Cuando el Padre nos ve a nosotros, Él ve a Cristo, por causa de nuestra unión con Él.   Cuando nosotros vemos a nuestros hermanos debemos verles así.  Eso no siempre es fácil.  Por eso muchos dicen, “amar a Cristo es fácil, lo difícil es amar a los cristianos.”   Lo que vemos en la iglesia no siempre es maravilloso y fácil de amar.  Nos irritamos unos a otros, y peor aún, pecamos unos contra otros.  ¿Cómo puede ser dulce la comunión cuando hay que luchar contra la contención y la amargura dentro de la iglesia?  La respuesta está en el Evangelio.   

Cuando creemos el Evangelio, creemos que Dios ha juzgado los  pecados que nuestros hermanos cometen contra nosotros.  También creemos y sabemos que nosotros somos absolutamente indignos, que somos pecadores y nos ofendemos unos a otros.   De modo que cuando no nos tratan con la dignidad y el respeto que merecemos, ya no nos ofendemos porque sabemos que en realidad no merecemos ninguna dignidad ni respeto.  Sabemos lo que somos y sabemos que Jesús recibió el castigo que nos correspondía a nosotros. Así aprendemos a perdonarnos unos a otros de la misma manera que esperamos que Él nos perdone. 

Cuando las Iglesias Crean su Propia Agenda

por Víctor B. García  

Necesitamos iglesias bíblicamente sólidas y puras. La vida 
cristiana sin ellas es una vida sin columna, sujeta al fracaso,  
es como querer nadar en una piscina sin agua.

Procusto tenía una casa en las montañas donde recibía a los viajeros solitarios brindándoles hospitalidad, alimento y una cama ajustada a su tamaño para pasar la noche.  Pero esa hospitalidad era peligrosa.  Cuando el cansado viajero se acostaba, Procusto lo amarraba y comenzaba a ajustarlo al tamaño de la cama según fuese necesario; si era alto le amputaba los pies, si era pequeño lo estiraba horriblemente.  Posteriormente les quitaba la vida y los devoraba. La cama de Procusto era la cama de la muerte.     

Esto es mitología griega y Procusto quizás nunca existió, pero su método para ajustar sus victimas a la medida de su cama sigue vigente.  Esto se ve en las iglesias que parecen estar amarradas a una cama de Procusto donde sus agendas son recortadas o estiradas según las exigencia de la cultura, de sus frívolos feligreses o de los inventos de sus líderes.  

La ansiedad por formar iglesias exitosas y populares hace a muchos actuar como Procusto con tal de lograr su propósito.  Pareciera que ellos piensan que la solidez bíblica se mide por los números, la solvencia financiera o el prestigio institucional.  Ciertamente, el crecimiento, el evangelismo y el liderazgo son vitales pero de nada sirven si son motivados por una sutil agenda humana.  La visión, la teología y la oración son indispensables pero  honran a Dios sólo si se someten a la medida de la Escritura.

No importa cuán impresionante sea una iglesia, un líder, un método o una experiencia; esto no tienen ningún valor cuando se violan las normas de la Escritura.  Nada ni nadie está por encima de la autoridad y la suficiencia de la Biblia.  “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Isaías. 8.20).

La realidad de nuestros días es que las iglesias bíblicamente sólidas escasean, no por falta de música, programas o asistentes sino por su abandono de la agenda bíblica.  Y esto no es porque la agenda sea oscura y difícil de entender; al contrario, es muy clara.  1 Timoteo 3.15 la delinea breve y tersamente en cuatro declaraciones a las que toda congregación que busca verdadera solidez bíblica debe ajustarse: 1) La iglesia es casa de Dios, 2) la iglesia es la iglesia del Dios Viviente 3) la iglesia es columna (sostén) de la verdad, 4) La iglesia es baluarte (defensa) de la verdad.  

Visto desde otra perspectiva podemos expresar estas cuatro verdades diciendo que una iglesia bíblicamente sólida no es casa de hombres, no es la iglesia de un ‘dios’ creado por la cultura popular, no es columna para sostener causas y proyectos humanos, ni es trinchera para defender razonamientos persuasivos y vanas sutilezas.  La implementación practica y fiel de estas verdades tiene grandes implicaciones.  Veamos:    

1. La iglesia es Casa de Dios no de Hombres
Dios llama a la iglesia su morada, y su familia.  La llama su morada porque Él vive en cada uno de los suyos y ha prometido habitar con ellos y entre ellos cuando estos se congregan como iglesia.  Pablo habla de esto abundantemente: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?... (1 Cor. 3.17).  “El templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es…” (2 Cor. 6.16,).  “Vosotros sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Ef. 2. 19).

La presencia de Dios está garantizada a su pueblo por ‘Emmanuel, Dios con nosotros’, el Verbo hecho carne quien promete a su pueblo “donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20).

Si queremos estar donde Dios habita, debemos ser parte de la iglesia, respetarla, asistir a sus cultos y comprometernos unos con otros en ella.  Nuestra relación con Dios depende en gran medida de cómo nos relacionamos con la iglesia la cual Él edifica con sus propias manos.  1 Pedro 2.5 dice: “Vosotros, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.” 

Ciertamente los que componemos la iglesia somos hombres y mujeres, pero el centro es Dios no el hombre. Él es el edificador de su iglesia, el que la gobierna y a quien pertenecen todo el mérito, atención y obediencia. 

Pero la iglesia no solo es morada sino también familia de Dios. Los miembros de una iglesia ordenada bíblicamente son una verdadera familia pues son sus hijos y Él es su Padre (Rom 8.15-17).  Dios ha establecido que en su familia haya orden y regulaciones, y sus hijos se someten a ese orden.  Si en nuestras casas privadas debe haber orden, ¡cuánto más en la familia de Dios! 

Todo aquel que considera a Dios su Padre manifestará la legitimidad de su pertenencia a la familia por su deseo de involucrarse gozosa y seriamente con sus hermanos.  ¿Se puede tener a Dios por Padre y rehusar, desatenderse o abusar de su familia?  No! Sin embargo, muchos lo hacen; algunos no consideran la iglesia indispensable, otros son negligentes en su compromiso con ella, otros la rebajan al nivel de un centro de mejoramiento terapéutico y otros la ultrajan usándola para engrandecerse a si mismos.  Quienes así lo hagan tendrán que dar cuenta un día al padre de familia (Mt. 24.45-51).

2. La Iglesia es del Dios Viviente no de un ‘dios’ creado por la Cultura Popular
Dios no es un concepto cultural y maleable.  Él está inmutablemente presente en ella.  Está presente en Emmanuel su Hijo, “Dios con nosotros” (Mat. 1.23); está presente por su Espíritu de quien Cristo dijo: “Yo rogaré al Padre, y Él os dará otro Consolador para que esté con vosotros para siempre” (Juan 14:16).  Así Él cumple la promesa de su pacto: “Habitaré y andaré entre ellos, Y seré su Dios, Y ellos serán mi pueblo” (2 Corintios 6:16).

El Dios de la iglesia es el eterno Dios de la Biblia; es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.  Es un Dios de amor que ama a su pueblo pero a la vez es fuego consumidor que devora a sus adversarios.  Es un Dios de gracia que salva pero también es Dios de justicia y santidad que condena.  Él muestra las riquezas de su gloria en sus vasos de misericordia que Él preparó de antemano  y demuestra su ira y su poder en los vasos de ira preparados para destrucción (Rom. 9.22-23).  El es un Dios absolutamente soberano que hace todas las cosas según su beneplácito que se propone en si mismo (Ef. 1.5, 9, 11).  Él dice: “Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí… no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo” (Isaías 45:5-6).  Él responde a los opositores de su soberanía: “¿quién eres tú, para que alterques con Dios? Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?  ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?” (Romanos 9:20-21).

El Dios de la iglesia es el Dios trino. Dios Padre ha amado a sus elegidos desde antes de la fundación del mundo (Ef. 1.4-5) y dio a su Hijo por ellos (Jn. 4.14).  Él ha creado la iglesia para su gloria, “para que la multiforme sabiduría de Dios sea dada a conocer por ella a los principados y potestades en los lugares celestiales” (Ef. 3.10).  Dios Hijo amó a la iglesia y se entregó a si mismo por ella (Ef. 5.25, Tito 2.14); Él es el pastor que dio su vida por las ovejas, la cabeza y el esposo que ha prometido estar dondequiera que ella se reúne o predique su Palabra (Mat. 18.20, Mat. 28.19).  En la Santa Cena la iglesia conmemora la muerte de su Salvador (1 Cor. 11.23-2). Dios Espíritu Santo confirma el origen divino de la iglesia con su poder sobrenatural que regenera a sus miembros, da poder a cada uno para mortificar el pecado, vive en ellos, les revela la Escritura que Él mismo inspiró, promueve la unidad y la paz espiritual entre ellos, les da dones y les garantiza la glorificación. 

Muchas iglesias, usando el método de 'la cama de Procusto’ ajustan la imagen bíblica de Dios a la mentalidad de la cultura consumista, autocomplaciente y profana de nuestros días que no tolera la soberanía, la justicia, la santidad y la ley del Dios Vivo.  De esta manera caen en una sutil idolatría 'evangélica'  A esto se refiere Pablo en 2 Timoteo 4:3-4 cuando dice: “vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.”  Hay severas advertencias para los que creando un ‘dios’ a la medida de las presiones culturales se apartan incredulamente del Dios vivo. 
      
La iglesia del Dios Viviente es una iglesia consciente de que el mandamiento: “no te harás imagen ni ninguna semejanza…” no solo prohíbe las imágenes de bulto sino también las imaginaciones y conceptos mundanos y sentimentales de Dios así como los inventos y caprichos en la adoración. 

3.  La iglesia es columna (sostén) de la verdad no de proyectos humanos
La verdad no prevalecería sin la columna que es la iglesia.  Si la iglesia desapareciera, la verdad caería y el mundo quedaría sin esperanza. Pero la iglesia no desaparecerá pues Cristo ha prometido que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mat. 16.18, 1 Pedro 1.25, Ef. 3.21).  La iglesia es columna en varias formas: 
  • Dios preserva su verdad en ella y a través de ella (1 Tim. 4.16; 6.13-14).  El inspiró sobrenaturalmente a sus profetas y sus apóstoles para entregar las Escrituras, y a su pueblo le da el Espíritu para que la comprenda, la ame y la predique fielmente. 
  • La iglesia proclama el Evangelio y administra la verdad y los medios de gracia: No hay otra institución en la tierra llamada y capacitada para pregonar el evangelio, el medio de Dios para regenerar a los pecadores (Rom. 10.17).  Sólo la iglesia ama la verdad la cual administra y preserva a través de sus miembros quienes se alimentan y fortalecen con los medios de gracia de los que participan cuando se congregan.  Por eso la iglesia es llamada la madre de los creyentes (Gal. 4.26). 
  • En ella se inicia y sanciona el evangelismo y a los predicadores (Hech. 13.3).  Es en la iglesia donde nacen, se forman y de donde salen los predicadores ungidos de Dios para pregonar su verdad. 
  • Ella preserva y protege la comunión y la santidad de los hijos de Dios  Por eso tiene autoridad para juzgar y disciplinar espiritualmente a sus miembros (Mat. 18.17-18; 1 Cor. 5.2; 2 Tes. 3.6-15).
 La función de la iglesia es espiritualmente indispensable.  Cuando la iglesia no ocupa el lugar que le corresponde, tanto la verdad como la vida del pueblo de Dios peligran.  Sin iglesias sanas y solidas la verdad es malinterpretada, comprometida o ignorada.  La verdad no procede de la iglesia, pero ella le da estabilidad y permanencia.

La iglesia tiene que ver con los intereses de Dios no de los hombres.  Aquí no hay lugar para proyectos o imperios humanos; aquí no debe haber jefes, estrellas, artistas, políticos, tiranos, ni hombres que merezcan veneración.  Las causas y ambiciones sociales, políticas, financieras, artísticas, religiosas o personales no tienen absolutamente ningún lugar preponderante en ella.  Todo lo que se hace es con el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús, con humildad, espíritu de servicio, modestia y enfoque en la eternidad.     

A pesar de esto hay muchos que hacen mercadería con la verdad.  A estos se refiere Romanos 16:18 diciendo: “tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos."  Pablo advierte al respecto: “por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal"  (Filipenses 3:18-19).  Ezequiel tiene una palabra para estos: “¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿No apacientan los pastores a los rebaños?” (34:2).   

4. La iglesia es baluarte (defensa) de la verdad, no trinchera para razonamientos persuasivos y vanas sutilezas   
La iglesia como columna sostiene la estructura de la verdad, pero como baluarte la defiende contra el error y los ataques de sus enemigos.  No es una simple institución social u organización estratégica; es una trinchera, un cuartel militar, un ejército de guerreros que pelean contra el pecado, el error, el mundo y la carnalidad remanente de nuestro corazón.  La iglesia no tiene lucha contra sangre y carne sino contra principados, potestades, gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra malicias espirituales.  Por eso ella pelea con la oración, con la Biblia, con el testimonio santo de sus miembros, con el poder del Espíritu y con Jesucristo como su supremo comandante.  Pablo dijo: “Pelea la buena batalla de la fe” (1 Tim. 6.12); Judas nos exhorta a contender, “eficazmente por la fe una vez dada a los santos” (Jud. 3). 

La promesa de Dios de que las puertas del infierno no prevalecerán contra la iglesia nos da confianza y aliento para no desmayar en esta batalla sin tregua.  Las organizaciones humanas no permanecen, pero la iglesia sí porque no es una institución humana, y Dios la defiende porque a través de ella Él defiende su verdad. 

De modo que todas las sutilezas, filosofías huecas, doctrinas de hombres, herejías e ideas desviadas serán desechadas, y sus promotores y seguidores serán avergonzados.  Aquellos lobos rapaces que entran en medio del rebaño para hablar cosas perversas, los falsos maestros que vanamente hinchados por su mente carnal no se asen a la Cabeza sino que siguen a espíritus engañadores y doctrinas de demonios serán juzgados y hallados faltos.  “Jehová defenderá al morador de Jerusalén; el que entre ellos fuere débil, en aquel tiempo será como David; y la casa de David como Dios, como el ángel de Jehová delante de ellos” (Zacarías 12:8).

Usemos nuestras energías en una iglesia local, fiel a 1 Timoteo 3.15 y a todo el consejo de Dios, que sea una familia ordenada, centrada en Dios, pregonando al Dios de la Biblia y promoviendo su causa y su verdad sin agendas ocultas de hombres.   

No debemos acomodarnos a iglesias amarradas a 'la cama de Procusto', iglesias donde la verdad es reducida o alargada para propósitos humanos pues al final nada aun los beneficios y el bienestar que se consigan serán engañosos.  Alejemos de los ministros que se ponen a jugar el papel de Procusto alargando o acortando las medidas que Dios ha establecido para la iglesia y cambiando la agenda establecida divinamente por las suyas propias.   

Necesitamos iglesias sólidas y puras.  La vida cristiana sin ellas es una vida sin columna, sujeta al fracaso; es como querer nadar en una piscina sin agua.  ¡Que Dios nos de iglesias así!  

"No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad" (3 Juan 1:4). 
"Mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre" (Hechos 20:28).

Iglesias Alimentando Concupiscencias


Por JM

¿Puede la iglesia combatir la apatía y el materialismo alimentando la concupiscencia y el gusto de la gente por el entretenimiento? Parece que muchos creen que si, pues una tras otra, las iglesias se montan al vagón de los espectáculos cristianos. Esta lamentable tendencia ha hecho que muchas iglesias, que en otros aspectos son sanas, se alejen de las prioridades bíblicas.
           
Hay iglesias que construyen sus edificios como teatros.  En lugar de un pulpito tienen un escenario. Tienen grandes plataformas realzadas con luces y sonido, contratan especialistas en publicidad, consultores de espectáculos, directores de escenario, expertos en efectos especiales y coreógrafos.    
           
La idea es darle a la audiencia lo que le gusta; adaptar los servicios para atraer multitudes. Como resultado los pastores parecen más políticos que pastores, preocupados más por agradar al público que por guiar y alimentar espiritualmente al rebaño. La gente recibe un espectáculo refinado y profesional, donde el drama, la música popular y un sermón ligero constituyen el servicio de adoración. Pero el énfasis no es en la adoración sino en el entretenimiento.
           
Detrás de esta tendencia esta la noción de que la iglesia tiene que centrarse y existe para alcanzar a los incrédulos.  Por ello, las iglesias apelan a los consumidores de la misma manera que lo hacen la coca-cola, el cereal Frosted Flakes o la cerveza Miller Lite--usando estrategias de mercadeo para atraer al consumidor.   
           
Esa filosofía es el resultado de una mala teología. Es un sistema enraizado en una teología arminiana que ve la conversión como un acto de la voluntad humana lo cual requiere una presentación adecuada del mensaje para que la gente se salve. Su meta es una decisión instantánea no un cambio radical del corazón.
           
Esta corrupción del Evangelio, al estilo de los publicistas de Madison-Avenue, asume que el principal propósito de las reuniones de la iglesia es reclutar incrédulos. Por ello, muchas iglesias han abandonado la adoración como tal y han relegado la predicación a un culto secundario entre semana. Tal cosa se aparta de Hechos 2.24: “y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la comunión unos con otros y en el partimiento del pan y en las oraciones.”  Hebreos 10.24-25 nos muestra el propósito y el requerimiento de las reuniones de la iglesia del principio: “considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y las buenas obras, no dejando de congregarnos como algunos tienen por costumbre.”  Note que la prioridad bíblica de la iglesia es adorar a Dios y edificar a los santos. La iglesia debe reunirse para adorar y edificarse, y luego salir para evangelizar al mundo.
Nuestro Señor comisionó a sus discípulos para evangelizar de esta manera: “Id y haced discípulos en todas las naciones.” (Mat. 28.19). Cristo enseñó claramente que su pueblo no se tiene que reunir pensando como atraer y agradar a los incrédulos.  La iglesia es la que debe ir al mundo, no el mundo a la iglesia. Esta es la responsabilidad de cada creyente. Me temo que los métodos que enfatizan la presentación de un evangelio atractivo al incrédulo en los cultos de adoración, absuelve a los cristianos individuales de su obligación personal de ser luz en el mundo (Mt. 5.16). 

Nuestra sociedad esta llena de gente que quiere lo que quiere cuando lo quiere. Esta gente tiene su estilo de vida, sus gustos y sus entretenimientos. Cuando las iglesias apelan a esos deseos egoístas, lo que hacen es estimular ese fuego y estorbar el desarrollo de la verdadera piedad. Las iglesias que usan esos métodos usualmente crecen bastante, mientras que las que no lo hacen tienen dificultades. Y muchos líderes, preocupados por el crecimiento numérico en sus iglesias son atraídos a esa filosofía del entretenimiento.

Consideremos lo que esta filosofía hace al mensaje del Evangelio. Hay quienes afirman que mientras los principios bíblicos sean presentados, no importa la forma en que se haga. Eso no tiene sentido. ¿Por qué no tener entonces un carnaval? Imagine un lanzador de cuchillos, vestido de payaso, lleno de tatuajes haciendo malabarismos con sierras eléctricas mientras grita versos bíblicos. Esto es un escenario grotesco, pero ilustra como es que la forma en que se hacen las cosas rebaja y corrompe el mensaje.   
           
Tristemente, eso no difiere de lo que actualmente sucede en algunas iglesias. Rockeros, salseros, vetriloquistas, payasos, contorsionistas y celebridades del mundo han sustituido al predicador. Y así el Evangelio es denigrado.
           
Tenemos que ser cuidadosos de armonizar nuestros métodos con los principios bíblicos y las profundas verdades espirituales que tratamos de transmitir. Es demasiado fácil trivializar el mensaje santo del Evangelio.

No te apresures a desear las tendencias de las súper-iglesias con alta tecnología y calidad artística y énfasis en la música. Y no menosprecies la adoración y la predicación bíblica y seria. No se necesitan métodos ingeniosos para que la gente sea salva (1 Cor. 1.21). Simplemente necesitamos retornar a la predicación de la verdad y dedicarnos a sembrar la semilla. Si somos fieles a eso, la tierra que Dios ha preparado producirá fruto.  

Cuando Superman Llega y la Verdad se Va

Tomado del libro “The Courage to Be Protestant” (La Audacia de Ser Protestante) 
por David Wells

Es el año 2006, día de resurrección por la mañana.   Entre las sombras de la iglesia se divisa un personaje raramente visto por allí.   Es Superman.   ¡Si, Superman!  El que se sube a los edificios de un sólo salto mientras persigue a los malhechores. 

No, esperen un momento.  No es él.  En realidad es el pastor de la iglesia.  Es el pastor vestido como Superman a punto de comunicar el evangelio a las nuevas generaciones. 

Superman, ustedes saben, es un símbolo de Cristo peculiarmente adaptado para trasmitir el mensaje cristiano a las generaciones que se criaron viendo Plaza Sésamo, las caricaturas y los juguetes de super-héroes. 

Así que este día el pastor se preparó para una nueva serie de sermones sobre como saltar por encima del desanimo, sobreponerse a las dudas, vencer las adversidades y levantarse de las cenizas como Superman lo hace.  ¿No es más fácil lograr estas hazañas espirituales ilustrándolas con un Superman resplandeciente con atuendo y capa?  Al menos esa es la teoría de los que practican tales artificios.   

¿De donde salió esta anécdota?  ¿De alguna oscura iglesia?  ¿Sucedió en verdad?  ¿Es tan grotesca que no representa realmente lo que pasa en las iglesias?  Esto sucedió en verdad en una iglesia que recibió el premio “Rick Warren” por ser la iglesia del año.  Y no solo eso.  Esta práctica, que se origina en el mundo del mercadeo secular, está convirtiendo el cristianismo en entretenimiento y se está volviendo rápidamente la norma más que la excepción.   

Durante las últimas décadas ha brotado un tipo de iglesia que se puede describir como  definida-por-el mercado, movida-por-el-mercado y sensitiva-al-consumidor.  Entre estas iglesias existe el consenso de que la iglesia “tradicional” es un producto que se ha vuelto obsoleto por el paso del tiempo y la fuerza de la innovación…

Lo que se considera sabio en esta corriente es tomar en cuenta que la seriedad es la campanilla de la muerte para una iglesia exitosa.  En esta edad del entretenimiento hay que ser divertido, atractivo, entretenido y adaptable para tener éxito.  La seriedad tiene que ser eliminada.  Hay que preservar el sabor y cortar las calorías…

Una de las principales lecciones que el mundo de los negocios enseña es que a los consumidores hay que tratarlos con delicadeza; y las iglesias están aprendiendo esa lección…

Por eso una buena parte de la iglesia evangélica vive nerviosa y es muy sensitiva a los deseos de sus consumidores (asistentes)  y está lista a cambiar de inmediato a la menor señal de que los gustos e intereses de estos cambien.  ¿Por qué?  Porque los derechos y apetitos de los consumidores son los que gobiernan…los que asisten a las iglesias hoy son como cualquiera de los clientes de un mall o un centro comercial.  Incomódelos y se van a gastar su dinero a otra parte.   Ese es el miedo que se esconde en el corazón de muchos líderes que saben que así es como opera el mundo de los negocios.    

Pero cuando aquí es donde el evangelio no tiene nada que ver con la manera que los productos y servicios son mercadeados actualmente.  Los productos y servicios son para nuestro uso; el evangelio no.  El evangelio nos llama a someternos al Dios del universo a través de su Hijo.  Los métodos para el éxito que mercadean la verdad evadiendo los temas que ofenden se separan rápidamente del cristianismo bíblico, o dicho de otra manera, mutilan la fe bíblica.  

Cuando compramos un producto o un servicio lo hacemos para nuestro uso.  Cuando venimos a Cristo no es para nuestro uso sino para su servicio y exaltación.  El nos llama a comprometernos de una manera que no nos comprometeríamos con ningún producto comercial.  Hay un mundo de diferencia entre el Señor de la gloria, el Hijo de Dios y un Lexus, una casa de veraneo o un crucero a las Bahamas.  

Mercadear el evangelio reduce a Cristo a un simple producto que compramos para satisfacer nuestra necesidad.  Pero esto destruye las doctrinas bíblicas del pecado, de la encarnación y la redención.  Esto produce una espiritualidad no-cristiana igual a la del mundo, una espiritualidad que se subleva contra la verdad revelada, contra las doctrinas que deber ser creídas, contra las normas morales que deber ser obedecidas y contra el llamado a una vida de compromiso con la iglesia.