Las Emociones en la Vida Espiritual

Nada requiere inclinaciones emocionales tan
vigorosas  como la vida espiritual y nada es tan
repudiable como la tibieza.  La verdadera espiritualidad
consiste en gran parte de emociones santas (J. E.).

Jonathan Edwards nació y vivió en Nueva Inglaterra (1703-1758).  Junto a George Whitefield fue uno de los más importantes promotores del Gran Avivamiento que impactó y transformó a los Estados Unidos en la época colonial del siglo dieciocho.  Es considerado una de las figuras históricas más influyentes de la historia americana.  

Edwards era un hombre retraído y poco social.  Cuando predicaba casi no se movía ni hacia gestos.  Un contemporáneo suyo describió su predicación así:

El no hacia el menor intento de predicar con elegancia de estilo, presentar ilustraciones hermosas o agradar el gusto y fascinar la imaginación de la gente; sin embargo, quebrantaba a sus oyentes con devastadores argumentos bíblicos y con una enorme intensidad de emociones.  

En 1740 Edwards predicó su sermón titulado: Pecadores en las Manos de un Dios Airado, con el cual movió a multitudes a buscar el arrepentimiento y la gracia de Dios con gran llanto y clamor y que posteriormente llegó a convertirse en de los sermones más famoso de la historia. 

El avivamiento en el que Dios usó a Edwards fue lleno de legítimas e intensas emociones religiosas.  Pero como en todo movimiento espiritual verdadero, alguna de la gente involucrada en estas experiencias cayó en errores y excesos como ponerse a quemar libros y a causar desordenes públicos lo cual hizo que los enemigos de Edwards y del evangelio condenaran el avivamiento.  Algunos de estos extremistas que eran supuestamente cristianos, según las mismas palabras de Edwards, “regresaron como el perro a su vomito.”  

Estos abusos hicieron a Edwards escribir varias obras defendiendo el avivamiento y examinando lo mejor y lo peor de las experiencias religiosas.  Fue así como nació su libro Afectos Religiosos (Religious Affections).  En ese libro el explica el rol que juegan las emociones en la vida espiritual del cristiano y las características que distinguen la verdadera y la falsa espiritualidad. 

En el capitulo uno de Afectos Religiosos, Edwards explica la naturaleza e importancia de las emociones en la vida religiosa.  Veamos algo de lo que dice:

  • El alma, o la mente (que bíblicamente son términos intercambiables) posee dos facultades: el entendimiento el cual percibe y analiza; y la voluntad o inclinación la cual recibe con agrado o con desagrado lo que percibe. 
  • Las emociones (o los afectos de la mente, como él les llama): “no son otra cosa que los ejercicios más vigorosos y sensitivos de la voluntad e inclinación del alma.”
  • El cuerpo reacciona a las emociones en la medida en que el agrado o el disgusto del alma se hace más fuerte: “con frecuencia se levantan algunas sensaciones corporales, especialmente en el corazón y en las partes vitales del cuerpo que son la fuente de sus fluidos (la sangre, etc.).  Es por eso probablemente, que a la mente, en relación a los ejercicios de esta facultad, se le ha llamado corazón en todas las naciones y en toda época. “   
  • Así que, a las reacciones provocadas por la voluntad del alma agradándose o desagradándose con lo que percibe y provocando que el cuerpo reaccione, es a lo que se le llama emociones. 
  •  El agrado e inclinación intensos y vigorosos del alma hacia algo son los afectos del amor.  Por el contrario, el desagrado o desprecio grande por algo o alguien son los afectos del odio.  
  • La inclinación intensa del alma hacia algo o alguien que está ausente es lo mismo que los afectos del deseo.  Cuando el alma aprueba con alto grado de placer algo presente eso es la misma cosa que los afectos del gozo o regocijo
  •  Es solo la mente y no el cuerpo el único y verdadero asiento de las emociones. 
  • La vida espiritual que Dios requiere y acepta, no consiste en deseos débiles, pesados y sin vida.  La Escritura insiste que seamos diligentes en mantener nuestro corazón vigorosamente envuelto en nuestra vida espiritual.
  • Las Escrituras describen abundantemente la vida espiritual en términos de emociones tales como el temor a Dios, la esperanza, el amor, el odio al pecado, el deseo, el gozo, la contrición, la gratitud, la compasión y el celo por lo santo. 
  •  Dios no solo nos da emociones, sino que hace que ellas sean en gran parte la fuente de nuestras acciones; de modo que las emociones santas son una gran parte de la vida espiritual.
  • Nunca sucede nada considerable en términos espirituales en el corazón o la vida de cualquier persona si ésta no es antes afectada profundamente en sus emociones.
 Entre los muchos versos que Edwards analiza y menciona para presentar su argumento están:

  • Romanos 12:11 – Fervientes en espíritu, sirviendo al Señor.
  • Deuteronomio. 10:12 – ¿Qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que le temas, que andes en sus caminos, que lo ames, y le sirvas con todo tu corazón y con toda tu alma?
  • Deuteronomio. 4:5 – Y amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón con toda tu alma, y con todas fuerzas.
 Edwards termina el primer capitulo de su libro diciendo:

Si hemos de ejercitar nuestras emociones, deberíamos de ejercitarlas en lo que es más digno: la majestad de Dios, su palabra y su gracia…Y ya que Dios ha dispuesto nuestra redención buscando alcanzar nuestras partes más tiernas y mover nuestras emociones de una manera sensible y poderosa: ¡Cuán grande motivo tenemos para humillarnos hasta el polvo por no ser más intensamente movidos en nuestras emociones por todas estas cosas! 

Cuando Superman Llega y la Verdad se Va

Tomado del libro “The Courage to Be Protestant” (La Audacia de Ser Protestante) 
por David Wells

Es el año 2006, día de resurrección por la mañana.   Entre las sombras de la iglesia se divisa un personaje raramente visto por allí.   Es Superman.   ¡Si, Superman!  El que se sube a los edificios de un sólo salto mientras persigue a los malhechores. 

No, esperen un momento.  No es él.  En realidad es el pastor de la iglesia.  Es el pastor vestido como Superman a punto de comunicar el evangelio a las nuevas generaciones. 

Superman, ustedes saben, es un símbolo de Cristo peculiarmente adaptado para trasmitir el mensaje cristiano a las generaciones que se criaron viendo Plaza Sésamo, las caricaturas y los juguetes de super-héroes. 

Así que este día el pastor se preparó para una nueva serie de sermones sobre como saltar por encima del desanimo, sobreponerse a las dudas, vencer las adversidades y levantarse de las cenizas como Superman lo hace.  ¿No es más fácil lograr estas hazañas espirituales ilustrándolas con un Superman resplandeciente con atuendo y capa?  Al menos esa es la teoría de los que practican tales artificios.   

¿De donde salió esta anécdota?  ¿De alguna oscura iglesia?  ¿Sucedió en verdad?  ¿Es tan grotesca que no representa realmente lo que pasa en las iglesias?  Esto sucedió en verdad en una iglesia que recibió el premio “Rick Warren” por ser la iglesia del año.  Y no solo eso.  Esta práctica, que se origina en el mundo del mercadeo secular, está convirtiendo el cristianismo en entretenimiento y se está volviendo rápidamente la norma más que la excepción.   

Durante las últimas décadas ha brotado un tipo de iglesia que se puede describir como  definida-por-el mercado, movida-por-el-mercado y sensitiva-al-consumidor.  Entre estas iglesias existe el consenso de que la iglesia “tradicional” es un producto que se ha vuelto obsoleto por el paso del tiempo y la fuerza de la innovación…

Lo que se considera sabio en esta corriente es tomar en cuenta que la seriedad es la campanilla de la muerte para una iglesia exitosa.  En esta edad del entretenimiento hay que ser divertido, atractivo, entretenido y adaptable para tener éxito.  La seriedad tiene que ser eliminada.  Hay que preservar el sabor y cortar las calorías…

Una de las principales lecciones que el mundo de los negocios enseña es que a los consumidores hay que tratarlos con delicadeza; y las iglesias están aprendiendo esa lección…

Por eso una buena parte de la iglesia evangélica vive nerviosa y es muy sensitiva a los deseos de sus consumidores (asistentes)  y está lista a cambiar de inmediato a la menor señal de que los gustos e intereses de estos cambien.  ¿Por qué?  Porque los derechos y apetitos de los consumidores son los que gobiernan…los que asisten a las iglesias hoy son como cualquiera de los clientes de un mall o un centro comercial.  Incomódelos y se van a gastar su dinero a otra parte.   Ese es el miedo que se esconde en el corazón de muchos líderes que saben que así es como opera el mundo de los negocios.    

Pero cuando aquí es donde el evangelio no tiene nada que ver con la manera que los productos y servicios son mercadeados actualmente.  Los productos y servicios son para nuestro uso; el evangelio no.  El evangelio nos llama a someternos al Dios del universo a través de su Hijo.  Los métodos para el éxito que mercadean la verdad evadiendo los temas que ofenden se separan rápidamente del cristianismo bíblico, o dicho de otra manera, mutilan la fe bíblica.  

Cuando compramos un producto o un servicio lo hacemos para nuestro uso.  Cuando venimos a Cristo no es para nuestro uso sino para su servicio y exaltación.  El nos llama a comprometernos de una manera que no nos comprometeríamos con ningún producto comercial.  Hay un mundo de diferencia entre el Señor de la gloria, el Hijo de Dios y un Lexus, una casa de veraneo o un crucero a las Bahamas.  

Mercadear el evangelio reduce a Cristo a un simple producto que compramos para satisfacer nuestra necesidad.  Pero esto destruye las doctrinas bíblicas del pecado, de la encarnación y la redención.  Esto produce una espiritualidad no-cristiana igual a la del mundo, una espiritualidad que se subleva contra la verdad revelada, contra las doctrinas que deber ser creídas, contra las normas morales que deber ser obedecidas y contra el llamado a una vida de compromiso con la iglesia.    

¿Adoración, Gusto Personal o Provocación?

Música estridente, luces, pantallas, banderas, dramas, artistas, danzas y excentricidades emocionales… ¿Es esto adoración bíblica, manifestación del Espíritu y estrategia evangelistica o es temeridad?  ¿Es cuestión secundaria de preferencia personal y naturaleza cultural o una  desviación de los principios bíblicos de adoración que provoca a Dios?  ¿Cómo saberlo?  La respuesta la podemos encontrar en los diez mandamientos, especialmente en los primeros tres. 

El primer mandamiento y la centralidad de Dios  
No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3).  

Este mandamiento nos muestra que la adoración es debida sólo al Dios verdadero, el Dios que se ha revelado en la Biblia, el creador de los cielos y la tierra.  En esto generalmente concordamos todos los cristianos, sean presbiterianos, pentecostales, bautistas, arminianos o calvinistas.  

El segundo mandamiento y la creatividad carnal 
No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamiento (Éxodo 20:4-6).

Este mandamiento nos muestra que la adoración está directamente relacionada con la forma en que concebimos a Dios.  La peor corrupción en la adoración a Dios es inventar, fabricar o adquirir imágenes para ofrecerles devoción, veneración y respeto con el pretexto de que son representaciones de Dios o nos ayudan a acercarnos a Él.   

Pero la prohibición de este mandamiento no se limita a la adoración de imágenes de bulto; incluye la adoración basada en imaginaciones, creatividad o emociones humanas.  Aquí aprendemos que Dios no acepta ni espera que lo adoremos conforme nuestra imaginación o según nuestra preferencia personal.  El es un Dios celoso y le desagradan los métodos, formas y elementos que Él no requiere u ordena en su Palabra. 

Así que la manera de concebir la persona de Dios y ofrecerle adoración debe ser como Él lo ha revelado en su palabra; el método, la forma y los elementos de la adoración deben ser acordes a su majestad.  Esto es lo único que Él acepta.  Cambiar la adoración bíblica suplantándola por una adoración caprichosa de invención humana, implica adoración a un dios no bíblico, un dios falso—el dios de nuestra imaginación.

El tercer mandamiento y la reverencia
No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano (Éxodo 20:7)
 
Este mandamiento nos muestra que la relación con Dios requiere tal reverencia que aun su nombre debe ser mencionado con reflexión, respeto y sobriedad.  La prohibición de este mandamiento se refiere a los falsos juramentos en el nombre de Dios pero incluye falsas profecías, falsas representaciones en su nombre y todo tipo de trivialidad, extravagancia y desenfreno en su presencia como si Él lo pidiera, lo provocara o fuera indiferente a ello.  Usar el nombre de Dios irresponsable o falsamente, o hacer cosas necias o irreverentes en su nombre y en su presencia es un acto culposo que Dios no pasa por alto.  En este mandamiento Él nos advierte que no tiene por inocente al que toma su nombre en vano. 

Tenemos que entender que Dios nos ha dado sus mandamientos como guías y reguladores para la sagrada actividad de la adoración en la iglesia.  Los mandamientos nos indican que la adoración debe ajustarse a la majestad que Él revela de sí mismo y hacerse con la actitud de reverencia debida a su nombre.  Cualquier otra cosa le ofende y desagrada.  

Los mandamientos nos confirman lo que la historia bíblica nos relata: que hay una adoración que aunque sea dirigida al Dios verdadero y hecha con sinceridad y buena intención puede ofender e insultar la majestad de Dios.  Este fue el caso de Caín cuya ofrenda Dios miró con desagrado (Génesis 4.3-5), de Nadab y Abiu quienes murieron delante de Dios por ofrecer fuego extraño que El Señor nunca les mandó (Lev. 10.1-3) y de Uza a quien Dios hirió de muerte por su temeridad (2 Sam. 6.6-7).    

¿Qué manera más clara puede Dios usar para prohibir la adoración caprichosa, sentimentalista y mundana?  ¿Qué es lo que no se entiende cuando leemos que Él es un Dios celoso que visita la maldad de quienes cambian su gloria por imaginaciones terrenas y que no tiene por inocente a los que se acercan a Él con ligereza?   ¿No esto lo que leemos en Eclesiastés 5:1: “Cuando fueres a la casa de Dios, guarda tu pie; y acércate más para oír que para ofrecer el sacrificio de los necios; porque no saben que hacen mal”?  

¿Dónde caben entonces esa música estridente y frívola, las luces, los artistas, las danzas y las extravagancias que plagan las iglesias hoy día?  En medio del pueblo de Dios no.   ¿De donde vienen esas cosas? De la Escritura no. 

En el mejor de los casos, estas cosas son una provocación a la cual Dios, misericordiosamente y por amor a su pueblo sincero que participa de ello en ignorancia, no responde con severidad.  En el peor de los casos esto es una profanación y un insulto y lo mejor que un hijo de Dios puede hacer es salir de en medio de eso. 

¿O provocaremos a celos al Señor? ¿Somos más fuertes que él? (1 Corintios 10:22).

Guardaos, no os olvidéis del pacto de Jehová vuestro Dios, que él estableció con   vosotros, y os hagáis escultura o imagen de cualquier cosa, que Jehová tu Dios te ha vedado.     Porque Jehová tu Dios es fuego que consume, Dios celoso (Dt. 4.23-24).   

No Puedo Ganarle a Dios


                  DAR

Una cosa yo he aprendido
De mi vida al caminar
No puedo ganarle a Dios
Cuando se trata de dar

Por más que yo quiera darle
El siempre me gana a mí
Porque me devuelve mucho
Mucho más de lo que le di

Si yo doy no es porque tengo
Más bien tengo porque Dios me da
Y es que cuando Dios me da
Es que me quiere pedir
Y cuando mi Dios me pide
Es porque me quiere dar

Si tú quieres haz lo mismo
Y comienza a darle hoy
Y verás que en poco tiempo
Tu también podrás decir
¡No puedo ganarle a Dios
Cuanto se trata de dar!

Autor:  Juan Romero

La Soberanía de Dios: la Amas o la Aborreces Pero Ella Permanece

Pensamientos variados de Charles Spurgeon y Arthur Pink

No hay aspecto de Dios más consolador para sus hijos que la doctrina de la soberanía. Bajo las circunstancias más adversas y en las más severas pruebas, Dios nos asegura que es su soberanía la que ordena, controla y santifica nuestras aflicciones. No hay nada por lo cual los hijos de Dios deban contender con más fervor que por la verdad de que su maestro domina la creación, que El reina sobre la obra de sus manos y que es el único que tiene derecho a sentarse en trono eterno.

Irónicamente, no hay doctrina más aborrecida por el mundo, ninguna verdad que haya sido tan pisoteado como la grandiosa, estupenda y certísima doctrina de la soberanía del infinito Dios de los ejércitos.       

Los hombres pueden tolerar la idea de que Dios creó los planetas e hizo las estrellas; pueden concebir a Dios repartiendo beneficios y distribuyendo bendiciones; pueden aceptar que El sostiene la tierra y soporta sus columnas, que enciende las lámparas del cielo y controla las olas del océano.  Pero cuando Dios se sube a su trono, sus criaturas comienzan a rechinar los dientes. Y cuando nosotros proclamamos a Dios en su trono y anunciamos que El tiene el derecho a hacer como le place con lo que le pertenece y a disponer de su creación como El lo considera correcto sin consultar con ellos, entonces se nos abuchea y se nos aborrece. 

Los hombres se tapan los oídos para no oír estas cosas porque Dios en su trono no es el Dios que ellos aman.  Ellos le aman en cualquier parte, pero no cuando El se sienta a gobernar con el cetro en su mano y la corona en su cabeza. Pero es a este Dios reinando sobre el trono al que nosotros amamos predicar.  Es este Dios, gobernando el universo desde su trono, en el que nosotros confiamos.   

La doctrina de la soberanía de Dios no es un dogma metafísico vacío de valor práctico sino una doctrina calculada para producir un efecto poderoso sobre el carácter y el caminar diario del cristiano.

Esta doctrina es la esencia de la teología cristiana, y aparte de la inspiración de las Escrituras quizá no haya otra doctrina tan importante como ella.  Es el centro de gravedad en el sistema de la verdad cristiana.  Es el sol alrededor del cual otras grandes órbitas giran.  Es el monumento dorado hacia el cual se dirigen todos los caminos del conocimiento y por el cual todos ellos resplandecen.  Es el cordón del cual todas las demás doctrinas cuelgan como perlas, sosteniéndose y adquiriendo unidad en él.  Es la regla por la cual todo otro credo deber ser medido, la balanza en la cual todo dogma humano debe ser pesado.

Esta doctrina ha sido diseñada para que sea el ancla de nuestras almas en medio de las tormentas de la vida. La doctrina de la soberanía de Dios es una brisa fresca que refresca nuestros espíritus. Dios la ha adaptado para moldear los afectos de nuestro corazón y darle una dirección correcta a la conducta.

Esta doctrina produce gratitud en la prosperidad y paciencia en la adversidad. Provee consuelo para el presente y seguridad para el futuro. Lo es todo y lo hace todo, aun mucho más de lo que hemos dicho, por que le atribuye al Dios trino la gloria que le es debida y coloca a la criatura en su lugar correspondiente ante El, es decir, en el polvo. 

Reconocemos que es muy humillante para el orgulloso corazón de las criaturas aceptar que la raza humana en las manos de Dios es como el barro en las manos de un alfarero, pero es precisamente así como la Escritura presenta las cosas.  En esta época de arrogancia, de orgullo intelectual en la que se endiosa a los hombres, es necesario insistir que el alfarero divino hace del barro lo que El quiere y saca de allí vasos para honra y vasos para deshonra, según su voluntad.  

¡Que los hombres discutan con Dios cuanto quieran!  El hecho permanece.  Ellos no son más que barro en las manos del alfarero eterno. Y sabiendo que El siempre actúa justamente con sus criaturas, pues es el Juez de toda la tierra, quien siempre hace lo recto, también aceptamos que El da forma al barro para que se cumplan sus propósitos de acuerdo a su beneplácito.  

Dios reclama y posee el derecho indiscutible de hacer como el quiere con lo que es suyo. Y ciertamente, Dios hace uso de ese derecho.

¿Bienaventurado o Desventurado?

Bienaventurados los pobres en espíritu (Mat.5.3)…
¿No sabes que eres un desventurado, pobre,
ciego y desnudo? (Ap. 3.18)… 

El publicano se acercó al templo conciente de su pobreza espiritual y quebrantado por su pecaminosidad.  Cuando salió de allí, Dios lo había justificado.   En él se cumplió la palabra: “bienaventurados los pobres en espíritu.” (Mat.5.3).   

El fariseo se acercó satisfecho, intoxicado por su suficiencia religiosa y su éxito social.  Cuando salio de allí, se sentía bien, pero salió peor de como entró.  En él se cumplió la palabra: “no sabes que eres un desventurado, pobre, ciego y desnudo (Ap. 3.18). 

La arrogancia y la satisfacción religiosa son despreciables para Dios, aun más que la pecaminosidad misma.  El resiste a los soberbios, humilla a los que se enaltecen y mira de lejos al altivo. 

En cambio, la humildad y el quebrantamiento de espíritu le son preciosos.  El habita con el quebrantado y humilde de espíritu y da mayor gracia al que se humilla.  Con sus ojos de fuego, el Señor mira la pobreza, la desnudez y la ceguera de aquellos cuyo corazón es arrogante y  vanaglorioso.  

La americanización del cristianismo ha hecho que las iglesias y los ministros se midan por el éxito, el dólar y la capacidad de brindar entretenimiento.  Esta tendencia ha producido generaciones enteras de cristianos arrogantes como el fariseo e iglesias satisfechas como Laodicea.  El protagonismo, la abundancia de recursos materiales y un legalismo refinado por la psicología humana han desviado a muchos del camino de la bienaventuranza hacia el de la desventura.   

Cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido (Lucas 18:14)

Una Carta de Amor Severa Para Cristianos en Decadencia


¿Se puede amar a alguien y decirle, ‘tibio, te vomitaré de mi boca, desventurado’?  El Señor lo hizo con Laodicea, una iglesia  en decadencia, a quien El envió una carta tan severa que se nos olvida que es una carta de amor: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo” (4.19).    

La sentencia contra los que persisten en su decadencia está dictada: “te vomitaré de mi boca;” pero hay un consejo restaurador: “que de mí compres oro refinado en fuego para que seas rico, y vestiduras blancas para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez y unge tus ojos con colirio para que veas.” Y hay una invitación: “se celoso y arrepiéntete; si alguno oye mi voz y abre la puerta entrare a él, y cenaré con él, y él conmigo.” 

O sea que hay esperanza para los cristianos en decadencia.  Somos llamados a ser bienaventurados, a que nos vaya bien en todo (Salmo 1:1-3); pero la decadencia espiritual convierte a muchos cristianos en personas desventuradas como Lot, el justo que afligía su alma justa viviendo cómodamente entre los inicuos (2 Pedro 2.7-8), y quien por no arrepentirse sufrió la ruina y la deshonra.

Que fácil es acomodarse., se tibio, sentirse satisfecho y sin necesidad de nada.  Por esa causa el Señor nos dejó su carta de amor a Laodicea.

Al que venciere, le daré que se siente conmigo 
en mi trono, así como yo he vencido, y me he
sentado con mi Padre en su trono.  El que tiene
oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

Testimonio de John Farese

John Farese vive en Florida, U.S.A. y es miembro de Emmanuel Baptist Church en Coconut Creek, FL.  Nació con atrofia muscular de la espina dorsal. Paralizado de brazos y piernas, Johnny vive confinado a una cama y usa un programa de reconocimiento de voz para operar su computadora, con lo cual puede desde leer su biblia hasta diseñar sitios de Internet. John vive una vida productiva; tiene su negocio de Internet, se interesa en una variedad de deportes y está envuelto en la tecnología y la informática.  Su página de Internet bendicemuchos alrededor del mundo. Visítelo en: www.farese.com.
----------------------------------------- 

Nací el 27 de agosto de 1956, el segundo de los 7 hijos de Vincent y Joan Farese. Mi hermano mayor, Bernie, nació con atrofia muscular en la espina dorsal, una severa enfermedad que lo imposibilitaría para caminar por toda su vida. Lo mismo me sucedió a mí y a Tina mi hermana menor. Los doctores dijeron que no viviríamos más de ocho años. Tina murió de neumonía a los cuatro.

Criado en la religión católico-romana, acepté las doctrinas de mis padres y del sacerdote de la parroquia, creyendo especialmente que para estar bien con Dios hay que obedecer los sacramentos de la iglesia.  Alguien me dijo en una ocasión que si recitaba por un año 45 oraciones diarias de un libro de oraciones, escaparía de los tormentos del purgatorio y del infierno, y al morir sería aceptado de inmediato en el cielo.  Hice todas las oraciones sin falta, pero jamás sentí que el haberlo hecho sirviera para algo. En una ocasión mi madre nos llevó a Bernie y a mí, al santuario de Lourdes, Francia para buscar sanidad de la virgen María pero cuando regresamos a casa venimos exactamente como nos fuimos.

Viví mis primeros años en las afueras de Boston, Massachussets.  Cuando tenía 15 años el negocio de mi padre nos reubicó en la Florida. Dejar a mis familiares y amigos, entre quienes disfrutaba un ambiente de seguridad, fue devastador para mí; pero en la providencia de Dios éste resultó ser el mejor movimiento de mi vida.  Habiendo sido católico desde niño, yo creía que quien no fuera católico no sería salvo. Pero a los cuatro meses de llegar a Fort Lauderdale, cuando aún sentía nostalgia por Boston, nuestro vecino invitó a mi madre y a mí a un estudio bíblico de hogar.

En la casa teníamos una enorme Biblia la cual casi nunca abríamos, de modo que me sorprendí cuando mi mamá aceptó la invitación, y más aún cuando aceptó la sugerencia de que el hijo del líder del grupo bíblico, un joven que estudiaba en un seminario bíblico, compartiera su fe cristiana con mi hermano y conmigo.  Berni y yo quedamos impresionados por lo que este joven, John Tafonia, nos dijo acerca de Jesucristo como el único Salvador.  La impresión fue tanta que hicimos “la oración del pecador.”  En el caso de Berni, esto marcó un cambio dramático. Él comenzó a orar, a estudiar la Biblia y a ir a la iglesia.  Eventualmente se inscribió en un Instituto Bíblico. Aún más notorio fue el radical cambio de su estilo de vida, el cual ahora parecía gobernado por el deseo diario de agradar a Dios.

 En mi caso, el cambio fue para peor. Yo tenía amigos cuyo estilo de vida era totalmente inmoral y me aferré a ellos dispuesto a no dejar que mi invalidez me impidiera disfrutar la vida a plenitud. Durante los próximos 12 años, las apuestas, la embriaguez, el abuso de la marihuana, las visitas semanales a clubes de mujeres desnudas y mi frecuente envolvimiento con prostitutas me proveyeron un falso medio de escape al dolor, la soledad y el vacío que sentía.

Algunos años después de que Bernie y yo tomáramos diferentes rumbos, mi hermano menor, Paul, se unió a mí en la vida de sexo y drogas, hasta que se fue a la universidad con una beca por atletismo. Durante su primer semestre, se metió en tantos problemas que estuvo a punto de ser expulsado. Pero cuando regresó a casa, dos meses más tarde, había tenido un cambio asombroso.  Al igual que Bernie, se había convertido y en seguida comenzó a insistirme que dejara mi vida disoluta y me arreglara con Dios. Yo sabía en mi corazón que él tenía razón, y le oraba a Dios con lágrimas que cambiara mi vida. Pero yo amaba lo que hacía y era incapaz de romper con mis destructivos hábitos.

Bernie me dio una Biblia, la cual yo prometí leer, pero en lugar de eso regresé a los juegos de azar, al sexo y a las drogas. Sin embargo, había una diferencia, pues comencé a sentirme mal haciendo lo que antes disfrutaba sin problema alguno. Además recordaba constantemente mis conversaciones con Paul y mi promesa a Bernie de que leería mi Biblia. Estos molestos pensamientos se hicieron tan fuertes que comencé a leer mi Biblia. En tres meses terminé de hacerlo y para entonces ya me había convertido.

Fue mientras leía el Sermón del Monte que Dios abrió mis ojos a la realidad de mi pecado, la inhabilidad de la religión para solucionarlo y mi necesidad de arrepentirme y confiar en Jesucristo como mi Salvador personal. Cuando lo hice, supe que mis pecados habían sido perdonados y que ahora era un verdadero hijo de Dios.

Como casi todo nuevo cristiano, me llené de celo, busqué el bautismo, me uní a una iglesia bíblica y hacía lo que podía para servir a otros. Recordé que Jesús dijo que “Él no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Mateo 20.28), y que “ningún siervo es mayor que su maestro” (Juan 13.16).  Estando confinado a una cama no veía cómo yo podría servir en algo a Dios y mi prójimo.  Sin embargo, por la gracia de Dios hoy día he podido llegar a servir de una manera más intensa y productiva de lo que jamás imaginé.

Debido a mi condición física, alguna gente me hace la antigua pregunta, “¿Cómo puede un Dios amoroso y Todopoderoso permitir que sufras así? ¿No hace Dios siempre lo correcto?” Y mi respuesta es, “¡Si, Él así lo hace!” Yo he llegado a entender que el sufrimiento es una de las maneras en que Dios demuestra su infalible amor a quienes confían en Él.  Escribiendo sobre sus duras experiencias, el salmista dice, “Bueno es para mí ser afligido, para que aprenda tus estatutos” (Sal. 119.71 Biblia de las Américas).  Con alegría, yo repito cada una de estas palabras.  

El sufrimiento nos libra del orgullo y la auto-dependencia, y nos hace entender nuestra total dependencia de Dios. Cuando ya no tenemos a dónde acudir, excepto a Dios, podemos ver con claridad qué y quién es Él.  Día a día, descubro más de su sabiduría, amor y gracia; y hallo que el poder de Dios se perfecciona en mi debilidad; que cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Cor. 12.10).

Jesús sufrió terriblemente, física, mental y espiritualmente; pero luego vio “el fruto de la aflicción de su alma y quedó satisfecho” (Isaías 53.11).  Considero un privilegio experimentar algo de “la participación de sus padecimientos” (Fil. 3.10). Aunque vivo postrado en una cama, sin poder moverme, respirando con dificultad y padeciendo frecuentemente de dolorosas llagas, considero esto una “leve tribulación momentánea” (2 Cor. 4.17). ¡Cuán triviales serán estos sufrimientos a la luz de la bendición eterna que espera a los hijos de Dios en el mundo venidero!  El salmista escribió, “Venid y oíd todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho a mi alma” (Sal. 66.16) — y yo gozosamente proclamo lo mismo. 

Escuche el testimonio de Johnny (en inglés) oprimiendo aquí

La Soberanía De Dios En La Salvación

Del libro “La Soberanía de Dios” de W. Pink

Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría
y de la ciencia de Dios; cuan incomprensibles son
sus juicios e inescrutables sus caminos (Romanos 11:33)

La salvación pertenece a Jehová.....pero el Señor no salva a todos. ¿Porqué no? ¿Quizás porque son demasiado pecadores?  ¡No!....pues el apóstol escribió: “Palabra fiel y digna de ser recibida de todos”.

¿Por qué entonces Dios no salva a todos? ¿Quizás porque algunos tienen el corazón muy duro para ser ganados para Cristo? ¡No! (Ezequiel 11:19).  ¿Será porque son tan obstinados, intratables y desafiantes?

Amigo.... ¿no es cierto que hubo un tiempo en que andabas en consejo de malos, estabas en camino de pecadores, te sentabas en silla de escarnecedores, y con ellos decías: “No queremos que éste reine sobre nosotros”? ¿Cómo es posible que ahora todo haya cambiado?  Como nacido del Espíritu responderás con rapidez: “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Corintios 15:10). ¿O acaso dices?...pero llegó un momento en que yo quise, estuve dispuesto a recibir a Cristo como mi salvador. Ciertamente fue así....pero fue el Señor quien te hizo querer (Salmos 110:3- Filipenses 2:13).

¿Por qué no todos los que escuchan el Evangelio son salvos? ¿Es porque rehúsan creer?  Si, es cierto, pero esa es solo una parte de la verdad. Es la verdad vista desde el aspecto humano. Pero hay también un aspecto divino. Es Dios mismo quien hace distinción entre el escogido y el no escogido.

Antes de la fundación del mundo Dios hizo una selección, una elección. Ante sus ojos omniscientes estaba toda la raza humana de Adán y de ella escogió un pueblo, y lo “ordenó” para vida eterna: Hechos 13:48; 1 Corintios 1:26-29; Efesios 1:3-5; 2 Tesalonicenses 2:13; 2 Timoteo 1:9; 1ª Pedro 1:2; Romanos 8:28-29. Resumiendo las enseñanzas de estos pasajes aprendemos que Dios ha ordenado para vida eterna a ciertas personas y que como consecuencia de su ordenación, ellos a su debido tiempo “creen”.  Ésta ordenación para salvación que Dios hace de sus elegidos no se debe a nada bueno ni a mérito alguno en ellos, sino exclusivamente a su “gracia”.

Volvemos entonces a preguntarnos: ¿Por qué escogió Dios a quienes escogió? ¿Fue porque poseían ciertas virtudes? ¿Por qué tenían corazones generosos? ¿Los escogió porque eran buenos? ¿Fue a causa de alguna buena obra? NO. La causa de su elección estriba en Él y no en los que son objeto de su salvación. Él escogió a quienes escogió simplemente porque decidió hacerlo así.

(Para leer el libro completo oprima aquí)

Evangelismo Estilo “Puritano”

La más grande necesidad en el mundo hoy no es comida, ayuda social o consejería.
sino el retorno a una predicación poderosa que presente fielmente la verdad con el vigor,
el denuedo y la unción del Espíritu.  Esa es la predicación que el mundo necesita.

Vivimos en una época que enfatiza el evangelismo mundial, pero si hemos de hablar de evangelismo bíblico, los puritanos tienen bastante que enseñarnos. 

 Muchos creen que los puritanos no evangelizaban por que eran calvinistas y creían que los hombres son incapaces de arrepentirse por sí mismos y creían en la predestinación y en la redención particular (que Cristo vino a morir sólo por sus elegidos). 

¿Acaso esto no  los hacia pensar que era innecesario predicar? ¿no los restringía y hacía sus predicaciones contradictorias?  La respuesta es no.  ¿Por qué? porque ellos imitaban a los apóstoles, y veían la predicación desde una perspectiva bíblica.   

            Para los puritanos, la predicación era el método de Dios para salvar a los incrédulos y hacer crecer la iglesia.  De modo que consideraban que la predicación no sólo tenía que proclamar todo el consejo de Dios sino debía ser evangelística.  Por eso su predicación era tanto doctrinal como evangelística.
   
        Los puritanos entendían que las buenas nuevas de salvación no son una formula simplista de tres o cuatro puntos.  Para ellos el evangelio de Cristo no estaba divorciado del resto de la revelación plena de las Escrituras.  Y esa revelación plena a la que llamamos “La Palabra” siempre es evangelística, ya sea explícita o implícitamente.  Al hablar de predicación evangelística los puritanos se referían una predicación que incluye un llamado a volverse a Dios en arrepentimiento y fe.  Su concepto de la predicación era que debía ser hecha de forma que “la gente sienta que la Palabra de Dios es viva y poderosa, y que si hay algún incrédulo entre los oyentes, la Palabra haga manifiestos los secretos de su corazón y le haga dar gloria a Dios.”

            Los puritanos no solamente presentaban el evangelio; ellos lo ofrecían, implorando, razonando, urgiendo y apelando a todas las facultades del pecador.  Su predicación iba dirigida a la totalidad del ser de sus oyentes—mente, corazón, conciencia, memoria y voluntad.  

Si eso no les funcionaba, no tenían más a que recurrir.  No le pedían a nadie que levantara la mano, que pasara al frente o que firmara una tarjeta de decisión.  Si la predicación no funcionaba ellos no apelaban a nada más. 

Pero ellos sabían que la predicación sí funciona porque creían que a Dios le agradó salvar a los creyentes por la locura de la predicación.  La predicación era suprema para ellos pues la veían como el medio por el cual Dios regenera al pecador.  Así que ellos no veían ni usaban más estrategia que predicar y orar.   Por eso eran predicadores poderosos.     

            Es cierto que las doctrinas calvinistas mal manejadas pueden conducir a la falsa idea del hiper-calvinismo que mal entiende la soberanía de Dios y se niega a ofrecer abiertamente el evangelio a todos los hombres.  Según los hiper-calvinistas, esto no se debe hacer pues el evangelio es sólo para los elegidos, los cuales, tarde o temprano, van a ser salvos soberanamente.  Los puritanos (con pocas excepciones) no cayeron en ese error.

            También está la falsa idea del arminianismo, que afirma que el hombre es capaz de creer por sí mismo.  Los arminianos piensan que si el hombre no tiene la capacidad natural de creer, Dios no le pediría que creyera. Según ellos no es Dios sino el pecador quien decide si éste ha de ser salvo o no. Por eso la influencia arminiana hace que no baste la predicación e inventa tácticas, estrategias y planes para convencer al pecador: pasar al frente o levantar la mano en medio de una atmósfera creada con música, testimonios o apelaciones que dobleguen emocionalmente al auditorio.  Los puritanos rechazaron y combatieron esta doctrina.

            El secreto de los puritanos estaba en que fueron consistentes en enfatizar la responsabilidad humana junto con la soberanía divina sin tratar de racionalizar cada pequeño detalle.  Ellos entendían el concepto bíblico de que la regeneración precede a la fe, o sea que para que el pecador crea tiene que nacer de nuevo por la Palabra y el Espíritu.  Por eso es que nunca llevaban registros y estadísticas de los que “aceptaban a Cristo,” como se hace hoy.  Su meta no era atraer gente y llenar las sillas de la iglesia sino era ver gente convertida, que se comprometiera con Dios, con su Palabra y con la iglesia. 

No conocían la idea de “cristianos carnales” ni consideraban cristiano a cualquiera que iba a la iglesia y se comprometía a medias.  Ese tipo de “cristianos” no se veían en sus iglesias.   Su predicación era una poderosa apelación al hombre total para que al nacer de nuevo se convirtiera, creyera y se entregara a Cristo totalmente.  Si eso fallaba, lo demás no lograría más que una decisión temporal que engañaría a la gente haciéndole creer que era salva sin haber sido regenerada. 

            Es esencial que contendamos por la verdad sin descuidar ninguno de sus aspectos.  Dios es soberano pero el hombre es responsable, y si estas verdades se predican fielmente, Dios nos honrará. 

            Vemos pues que la predicación es tan vital y suprema porque es el método divino para alcanzar y regenerar a los pecadores.  No nos atrevamos a menospreciarla.  Oremos por nuestros predicadores, para que sean como los puritanos en su pasión por Dios, por la predicación y por la salvación de los incrédulos.  

¿Por qué la Gente no Cree en el Señor Jesucristo?


En Agosto 2004, un artículo en la revista GQ titulado “Bush: Los Años Perdidos” afirma que durante los años 1972 y 1973, antes de ser presidente, George Bush trabajó como espía en la China donde se infiltró en el gobierno e incursionó Vietnam para una misión sumamente peligrosa.  El artículo afirma que Bush domina los idiomas chino, ruso y árabe, y que enseñó a los guardaespaldas del príncipe de Mónaco a disparar rifles de asalto vistiendo trajes de etiqueta sin ensuciarse, pero que no puede hablar de esto porque es información secreta.  

            Por supuesto, esto no es verdad; es una sátira de la revista para divertir a sus lectores.  Sorprendentemente, mucha gente lo creyó y en cuestión de días, el artículo comenzó a causar sensación, no sólo por lo absurdo del tema sino por la cantidad de creyentes que logró.    

            Esto muestra que vivimos en una época de fe y que la gente está dispuesta a creer.  Hay creyentes para todo.  Por supuesto, la gente cree sólo lo que le interesa, le conviene o le cautiva como los que creen en el horóscopo, en los ovnis, o en que Elvis Presley vive.  Si hay tanta fe, ¿por qué la gente no está dispuesta a creer en el Señor Jesucristo? 

            Esa falta de disposición para creer en Cristo ha existido siempre, no es asunto moderno.  Mucha gente que oyó a Cristo personalmente, que vio su vida santa y supo que las Escrituras profetizan de Él, rehusaron creer.  A estos Él dijo: “No queréis venir a mi para que tengáis vida…yo he venido en nombre de mi Padre y no me recibís, si otro viniere en su propio nombre a ése recibiréis (Juan 5. 39-40).  Así que, hoy como ayer, la gente está dispuesta a creer, pero no en Jesucristo.    

            No es que no entiendan su enseñanza, que Él ponga condiciones imposibles, que haya motivos lógicos, morales o prácticos para rechazarlo, o que falten evidencias de que Él es verdadero.  No es que los hombres sean incapaces de creer.  Es que no quieren creer.  ¿Y por qué no quieren?  ¿Por incapacidad mental o física?  No. 

Veamos lo que dice Spurgeon al respecto:
Déjame decir que la inhabilidad del hombre para creer en Cristo reside en su naturaleza.  La caída y el pecado degradaron y corrompieron tanto la naturaleza humana, que a esta le es imposible desear venir a Cristo sin la ayuda del Espíritu. Vean cómo las ovejas se alimentan de pasto; ustedes nunca las verán buscando carroña.  Yo no podría pastorear un lobo porque no se le puede domesticar ni se le puede hacer comer pasto. Su naturaleza es contraria a estas cosas.  Ustedes dirán: ‘Pero tiene orejas y piernas como las ovejas; ¿acaso no oye si se le llama y no puede caminar hacia donde está el pastor?’  Si puede; físicamente no hay razón por la que un lobo no  pueda ser pastoreado, pero su naturaleza se lo impide, y  por lo tanto, aunque puede oír y caminar, nunca responderá a la voz de un pastor porque su naturaleza es contraria a eso.  ¿Pero acaso no se le puede domesticar y desarraigarle su fiereza y bestialidad?  Quizá se le pueda subyugar, pero siempre habrá una diferencia entre un lobo y una oveja porque son de diferente naturaleza.

Así sucede con los hombres; ellos rechazan a Cristo no por incapacidad mental o física sino porque ellos en su naturaleza no tienen la voluntad ni el poder de venir a Cristo, a menos que sea por el Espíritu.  Los hombres podrían venir a Cristo si quisieran, pero su problema es que no quieren; podrían creer si tuvieran la disposición, pero no la tienen, y no la pueden tener porque no tienen poder para querer.  Les falta el querer y el poder para querer; son inhábiles por causa de su naturaleza carnal.

            Pablo dice: “Los que son de la carne, piensan en las cosas de la carne… y los designios de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan a la ley de Dios ni tampoco pueden” (Rom. 8.5 y 7).  La voluntad del hombre carnal es obstinada en su rechazo a Cristo.  Su mente está entenebrecida, sus sentimientos desviados y su conciencia arruinada por el engaño del pecado. 
                       
¿Quiere decir esto que la más grande razón por la que los hombres rechazan a Cristo es por que no quieren, no por que no pueden?  Exactamente.  La más grande razón para su rechazo es su obstinación; los hombres no quieren ser salvos.  Además de eso, no tienen poder para querer.  Así que no tienen deseo, ni poder para desear.  Están muertos en delitos y pecados.  No tienen voluntad. No quieren, son esclavos de sus deseos en contra de Dios. 

Es por eso que la salvación es del Señor, no de los hombres.  Es por eso que la Escritura es tan abundante en versículos como estos:  
  • Juan 6:44   Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere;
  • Juan 6:65  por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.
  • Juan 10:26  vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas,
  • Juan 15:16  No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros,
  • Romanos 9:15-16  Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca.  Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.
  • Hechos 13:48  y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna.
  • Romanos 10:20  Fui hallado de los que no me buscaban; Me manifesté a los que no preguntaban por mí.

El Poder y el Engaño del Pecado

"El pecado te llevará más lejos de donde
pensabas llegar, te cobrará más caro
de lo que pensabas pagar y te retendrá
más tiempo del que te pensabas quedar."

¿Quién puede detener al pecador en su pecado? ¿Puede el padre detener al muchacho extraviado en la insolencia y rebelión? ¿Se detiene el adúltero en su pasión por la mujer ajena? ¿Se refrena el vicioso con consejo y reflexión? Tiene compasión el terrorista de sus víctimas? ¿Puedes tú dejar de hacer lo malo para vivir en total obediencia a Dios?

Aunque seas decente eres pecador

“¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien estando habituados a hacer mal?” (Jer. 13.23). Quizá tú digas, yo no soy rebelde, adúltero ni vicioso; no soy terrorista ni vivo en la maldad, trato de ser bueno y de buscar a Dios. Pero atiende a esto:  Tú puedes vivir modesta, prudente, conservadora y decentemente, puedes cuidar tus palabras y tu reputación; sin embargo, tus pensamientos son atrevidos y haces con tu mente lo que no haces con tus hechos.  Pero Dios ve muy claramente esta dimensión contemplativa e invisible del pecado.  Por eso, aunque delante de los hombres tú luces inocente, delante de los ojos de Dios eres culpable de esos pecados privados de tu corazón

Los seres humanos pecamos por naturaleza

Spurgeon lo dice así: “¡Oh, las profundidades del pecado! ¡El pecado es una cosa incomprensible! No hay agua tan profunda en la que los peces no puedan nadar; no hay cieno tan asqueroso en el que los marranos no se quieran revolcar, y no hay pecado tan despreciable que los hombres no dejen de cometer.

Juan Carlos Ryle agrega: “El hombre ciego no puede ver la diferencia entre una obra maestra de Rafael y una escultura de barrio. El sordo no puede distinguir entre el sonido de una flauta barata y un órgano de catedral. Los animales cuyo olor es el más ofensivo para nosotros no tienen idea de cuánto nos ofenden con su olor, ni tampoco se ofenden cuando se encuentran entre ellos. Así, un hombre en su pecado no puede tener una idea justa de cuán vil es su pecado ante la presencia de Dios.”


El pecado trae miseria porque afrenta la justicia y santidad divinas

El pecado ofrece placeres, y el pecador desea eso, por eso se deleita en impurezas, chismes, vicios, pereza, ambición, codicia y toda clase de iniquidad. Los impíos resuelven sus problemas pecando; ellos mienten, engañan y explotan a su prójimo. Muchos alcanzan prosperidad, bienestar y grandes deleites por medio del pecado. Pero con todas las ventajas carnales que el pecado brinda, su paga verdadera es muerte, dolor, vergüenza, y al final, al llegar a la presencia de Dios, será miseria y condenación eterna. Y ¿por qué? porque el pecado no es otra cosa que un insulto contra la santidad de Dios

El pastor puritano Thomas Watson nos explica: El pecado es una transacción tan mala que quien se mete a ello va seguro a la bancarrota. ¿Qué consiguió Acán por su bloque de oro? Ese oro fue el que cortó su alma de la presencia de Dios. ¿Qué logró Judas con su traición? Le sirvió para conseguirse una soga en la cual morir. ¿Qué logró el rey Acaz al adorar a los dioses de Damasco? Fueron su ruina y la de todo Israel (2 Cron. 28.23). El pecado al principio se presenta cómico y divertido, pero luego se vuelve trágico. Podríamos aplicar adecuadamente al pecado las palabras de Salomón, “a muchos ha hecho caer heridos” (Prov. 7.26).


Sólo la gracia de Dios te puede librar del pecado

El pecado es tan perverso y engañoso, y la naturaleza humana tan impotente, que aun los cristianos, amando a Dios y deseando vivir en obediencia, pecan. Por supuesto ellos pecan de manera diferente a los inconversos que no conocen la gracia y el perdón del Salvador. Cuando un hijo de Dios peca sufre un gran dolor espiritual porque desearía nunca haberlo hecho. Un cristiano verdadero no busca el pecado y cuando cae en él es por su negligencia en el uso de los medios de gracia que Dios le provee, pues ese descuido lo hace presa de su vieja naturaleza carnal que es seducida por el pecado. Sin embargo, pecar no es su estilo de vida, y cuando peca sabe arrepentirse humillado, sincero y anhelante de restaurar su comunión con Dios. El hijo de Dios se siente profundamente avergonzado ante Dios por su pecado y depende sólo de su gracia para vivir, pues en su anhelo de hacer la voluntad de Dios, no tiene otra alternativa más que aferrarse a la cruz de su Salvador Jesús.

El clamor sincero de un alma verdaderamente arrepentida es: “Ten piedad de mí oh Dios conforme a tu misericordia, conforme a la multitud de tus piedades, borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad y límpiame de mi pecado, porque yo reconozco mis rebeliones y mi pecado está siempre delante de mí.  Contra ti, contra ti sólo he pecado y he hecho lo malo delante de tus ojos… (Sal 51.1-4)


¿Estás tú aferrado a la cruz donde murió el inocente Hijo de Dios por el pecado? No hay nada ni nadie que te pueda librar de la monstruosa perversidad del pecado sino el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.